EXCULSIÓN - RECLUSIÓN: Acerca de un nuevo dinamismo
Lic. Psic. Jorge Larroca.
LA CULTURA DEL TRABAJO
El Estado de Bienestar fue la respuesta, desde la economía keynesiana, que sucedió a la crisis de los años 29-30. Implicó la implementación de sistemas de seguridad social en al búsqueda del pleno empleo y la corrección de los extremos de la distribución desigual de la renta.
Ese ciclo del capitalismo, con fuerte incidencia del estado en lo económico y en lo social, contribuyó a fortalecer la significación del trabajo como eje de la realización personal y familiar del trabajador.
Un fuerte imaginario colectivo hace el trabajo un puntal de identidad y una matriz para la construcción del futuro. Generaciones enteras de asalariados hacen sus casas, educan a sus hijos y organizan sus vidas en torno a la seguridad del trabajo y a la significación del progreso como meta alcanzable. La importancia de esta significación imaginaria solo quedará clara cuando, desde los años ´70 en adelante, el predominio del capital financiero en le economía mundial imponga un violento viraje y la haga caer como un castillo de naipes provocando tanto la marginalización acelerada de masas de población como un estado general de estupor del cual aún no han salido las sociedades contemporáneas.
Por decirlo con la contundencia de Hannah Arendt: “lo que tenemos ante nosotros es la perspectiva de una sociedad de trabajadores sin trabajo, es decir, privados de la única actividad que les queda. Imposible imaginar nada peor”.
UN NUEVO AFUERA, UN NUEVO ADENTRO.
Y es imposible imaginar nada peor porque lo que ponen en frente las cifras de desocupados, pobres, marginados, desafiliados, excluidos, no son simples indicadores socioeconómicos sino la dramática situación de muchos hombres y mujeres que han perdido en corto tiempo las referencias que daban sentido a sus vidas.
Según la expresión de René Kaës, “toda formación psíquica está multi-apoyada y, en caso de que ciertos apoyos fracasen, sobrevienen notables variaciones cualitativas en dicha formación”. Esto alude a los apoyos o apuntalamientos necesarios para el desarrollo del psiquismo humano, a la función reguladora que esos apoyos tienen en las crisis, a lo importante de su existencia como de su falta. Y esos apoyos son múltiples porque están representados tanto por los tempranos cuidados y atención del recién nacido como por el grupo como mediatizador de la sociedad y la cultura.
En este punto, el despuntalamiento producido por la ruptura de las redes de contención que genera la versión neoliberal del capitalismo con su “sobrante social” representado por los trabajadores sin utilidad, se refleja en alteraciones de la salud mental de los afectados.
Dice Magdalena Echeverría en una investigación llevada a cabo en Santiago de Chile que, de las consultad realizadas por distintos trabajadores:
- los accidentes se daban mayoritariamente entre los que estaban ocupados, por razones de esfuerzo y posición;
- las enfermedades psicosomáticas tienden a darse entre quienes están en riesgo de perder el empleo o trabajan precariamente;
- los trastornos psiquiátricos francos se presentan entre los desocupados.
Es que la relación con los otros y con las instituciones y grupos forma parte de la trama que constituye el psiquismo, establece la rede de configuraciones que sustenta el lugar del sujeto en su cultura, sostiene el espacio en el que, individual y colectivamente, los habitantes del contexto histórico-social realizan sus adaptaciones el medio instituido y exploran sus posibilidades instituyentes.
La ruptura de estas redes provoca en los sujetos comportamientos inadecuados con su intenso componente de angustia. Si un trabajador ha quedado fuera del mercado de trabajo por su edad, porque su capacidad ya no es necesaria, porque su rama de actividad desapareció o se contrajo como producto de la economía globalizada, su gesto de buscar trabajo resultará fuera de lugar, su conducta se tornará inadecuada y, tras una y otra frustración, acabará aceptando sin entender por qué el hecho de habar quedado fuera del circuito de protección que brindan el trabajo y el salario. Su mundo quedará hecho trizas, su sistema de significaciones se tornará inservible y sus papel como productor ya no será necesario. Imposible imaginar nada peor, dirá Hannah Arendt.
El hecho de tratarse de situaciones que involucran a vasto sectores de la población las transforma en fenómenos de alto impacto que afectan la sociedad como un todo. Veamos.
La globalización ha traído consigo una nueva terminología en la que descuella la palabra exclusión, usada para designar al desplazamiento forzado de los desocupados y subocupados fuera de los límites del abrigo del Estado y del Mercado, verdaderos contingentes de sobrantes sociales.
Ahora que ya no se trata de ensanchar el mercado de compradores como lo quería Henry Ford, sino de contar con una masa estable de consumidores que sea capaz de acompañar el cada vez más veloz ciclo de circulación de la producción. Ya no se trata de los pobres de hace unas décadas, quienes tenían a su favor la esperanza del progreso y el estímulo de un posible ascenso social, quienes se apoyaban firmemente en su trabajo y en el horizonte de lenta pero segura mejoría económica.
Los de ahora, los llamados excluidos, caen irremediablemente en un plano inclinado que los arroja más y más hondo en la miseria y la desesperación, atrapados en la lógica cruel que establece que la pobreza genera más pobreza, que serán más pobres y miserables cada día de sus vidas puesto que las ilusiones de recuperar el trabajo perdido se esfuman con el tiempo, que sólo cuentan para atender su salud en riesgo con el deteriorado sistema sanitario público, que, en fin, la educación que reciben es mala y apenas el almuerzo colectivo “atrae” todavía a los hijos de hogares humildes a las escuelas. Es decir, su habitan, su salud, su educación empeorarán sin remedio y sellaran esa decadencia llamada exclusión.
Del lado “de adentro”, los que tienen acceso, aún limitado, al mercado de consumo, suelen considerarse a salvo de las desdichas que aquejan a los excluidos. Pueden sentir que esta sociedad no es del todo mala, que al menos a ellos y a sus hijos les permite disfrutar de las maravillas del consumo, acceder a las sorprendentes innovaciones tecnológicas, a los viajes de ensueño, a ropas, filmes, comidas, edificios que tienen todos el sello codiciable de la posmodernidad.
La oferta es abrumadora y cautiva a grandes y chicos. Un folleto del “Barrio Parque Terranova” (Av. Giannattasio, km. 26.500) utilizado como aviso de prensa de una campaña publicitaria, proponía dar a luz y nacer a un mundo maravilloso:
“De las manos de Pintos Risso nace un lugar siempre soñado por vos. Un lugar con casas bordeadas con parque, pleno de pinos, árboles, flores y fuentes. Un lugar al borde de la avenida Giannattasio, entre Lomas de Solymar y El Pinar. Un lugar con sus entradas restringidas y vigiladas. Un lugar donde podrás dejar la puerta abierta sin temor. Un lugar donde volverás a respirar. A ver con los ojos cerrados como el viento silba en los ventanales. A olfatear la tierra mojada, el aroma de las plantas bañadas de rocío. A tocar la luz de la luna sobre tu almohada. A oír el crepitar del fuego en la estufa y un poco más allá, el acolchado rugir del mar. Volverás a vivir como antes, con los pies en la tierra. Y tan libre como los pájaros.”
Realmente esta es una época que abre su cuerno de la abundancia con maravillas de todo tipo. Cómo no apreciar “estar adentro” y tener la posibilidad de disfrutar de tanto bienestar. Los shoppings, internet, la realidad virtual, son algunos de los atributos de la época que instaló la aldea global donde antes había un mundo vasto y diverso. Y en esa aldea es vital “estar adentro”.
LA EXCLUSIÓN Y SU REVERSO: LA RECLUSIÓN.
Sin embargo, si se admite la obviedad de considerar a la sociedad como un sistema, un todo complejo compuesto por infinitas partes en delicados e inestables equilibrios, no habrá como ignorar que, ante una mutilación tan importante como la que supone arrojar a miles de personas fuera de los bordes que demarcan la vida civilizada tal como se la concibe hoy, será el todo el que estará afectado, que la sociedad en su conjunto sufrirá este desgajamiento y que, en ese punto, no habrá consumo que compense la transformación de nuestra vida en el mundo hostil y peligros que conocemos.
La violencia, el virus de inmunodeficiencia humana, la adicciones, el narcotráfico, la corrupción son tan genuinamente de esta época como las computadoras y el correo electrónico. No son defectos sino piezas auténticas de nuestra cultura contemporánea. Junto a las maravillas el horror, como caras de la misma moneda.
En este sentido, me parece posible plantear el malestar general con sus expresiones en uno y otro lado de la cerca, y considerar que lo contrario de la exclusión no es la inclusión sino la reclusión. Que “adentro” implica el miedo, la pérdida de seguridad, la necesidad de controles, sistemas de seguridad, alarmas, vigilantes, vecinos armados, barrios amurallados. Que “estar adentro” supone el haber perdido la posibilidad de frecuentar ciertos lugares, hoy considerados peligrosos, de salir a ciertas horas, de movernos con libertad por la ciudad. El “estar adentro” nos obliga a aumentar la desconfianza en nuestros semejantes, a aferrar nuestras pertenencias y a elaborar códigos de poblaciones sitiadas. El “estar adentro” es estar recluidos. Calles ayer apacibles se han tornados zonas de riesgo, las plazas ya no sirven para el paseo de los enamorados en los anocheceres, el fútbol no es para las familias, los semáforos en la noche son trampas muchas veces mortales, la entrada del auto en el garaje es la situación que más ataque genera en los barrios suburbanos.
¿Qué sociedad es esta? La que se expresa en la tensión exclusión-reclusión, la que sufre en cualquiera de los dos polos: en uno miseria, en el otro paranoia. La que se torna poco habitable y exige mutaciones profundas de los sujetos sociales para poder adaptarse.
El crecimiento de la miseria miserabiliza la vida de toda la sociedad. La miseria de los recluidos está en la pérdida de libertad en los gestos que se aprenden para poder pasar frente a los niños mendigos, por ejemplo, sin verlos; en el abandono paulatino de ademanes solidarios, en no detenerse ante los accidentes de tránsito por miedo, e inculcar en nuestros niños las preocupaciones frente a posibles ataques de adultos o de otros niños. Estar “adentro” no sale gratis, requiere aprender estrategias de supervivencia que nos aíslan cada vez más en un individualismo empobrecido y mezquino.
Esta fragmentación social que se establece en la división adentro-afuera genera inevitablemente violencia. Pero la violencia de nuestras sociedades contemporáneas no nace de la pobreza en si misma, ni de la miseria de la exclusión, ella es producto de una de las ecuaciones más crueles de la historia: la que genera una tensión insoportable entre el equilibrio psíquico del desapuntalamiento frente a la hiperoferta de la sociedad de consumo.
La confrontación de los sujetos de la exclusión con la existencia de todo lo que no tendrán jamás y que le es ofrecido abrumadoramente, es fuente de violencia y, en una de sus expresiones provoca la delincuencia. En Rio de Janeiro por ejemplo, una de las ciudades más violentas del mundo, se suele explicar este hecho por la característica de estar los morros en medio de la ciudad y producir el choque brutal del pobre morador de las miserables favelas que desciende a las calles para encontrarse con el lujo de Copacabana e Ipanema. Algo similar está ocurriendo entre nosotros con los “bolsones” de pobreza que se localizan en los “asentamientos” y la opulencia que se ostenta en otras localizaciones de la ciudad.
Montevideo, noviembre 2000.
LA CULTURA DEL TRABAJO
El Estado de Bienestar fue la respuesta, desde la economía keynesiana, que sucedió a la crisis de los años 29-30. Implicó la implementación de sistemas de seguridad social en al búsqueda del pleno empleo y la corrección de los extremos de la distribución desigual de la renta.
Ese ciclo del capitalismo, con fuerte incidencia del estado en lo económico y en lo social, contribuyó a fortalecer la significación del trabajo como eje de la realización personal y familiar del trabajador.
Un fuerte imaginario colectivo hace el trabajo un puntal de identidad y una matriz para la construcción del futuro. Generaciones enteras de asalariados hacen sus casas, educan a sus hijos y organizan sus vidas en torno a la seguridad del trabajo y a la significación del progreso como meta alcanzable. La importancia de esta significación imaginaria solo quedará clara cuando, desde los años ´70 en adelante, el predominio del capital financiero en le economía mundial imponga un violento viraje y la haga caer como un castillo de naipes provocando tanto la marginalización acelerada de masas de población como un estado general de estupor del cual aún no han salido las sociedades contemporáneas.
Por decirlo con la contundencia de Hannah Arendt: “lo que tenemos ante nosotros es la perspectiva de una sociedad de trabajadores sin trabajo, es decir, privados de la única actividad que les queda. Imposible imaginar nada peor”.
UN NUEVO AFUERA, UN NUEVO ADENTRO.
Y es imposible imaginar nada peor porque lo que ponen en frente las cifras de desocupados, pobres, marginados, desafiliados, excluidos, no son simples indicadores socioeconómicos sino la dramática situación de muchos hombres y mujeres que han perdido en corto tiempo las referencias que daban sentido a sus vidas.
Según la expresión de René Kaës, “toda formación psíquica está multi-apoyada y, en caso de que ciertos apoyos fracasen, sobrevienen notables variaciones cualitativas en dicha formación”. Esto alude a los apoyos o apuntalamientos necesarios para el desarrollo del psiquismo humano, a la función reguladora que esos apoyos tienen en las crisis, a lo importante de su existencia como de su falta. Y esos apoyos son múltiples porque están representados tanto por los tempranos cuidados y atención del recién nacido como por el grupo como mediatizador de la sociedad y la cultura.
En este punto, el despuntalamiento producido por la ruptura de las redes de contención que genera la versión neoliberal del capitalismo con su “sobrante social” representado por los trabajadores sin utilidad, se refleja en alteraciones de la salud mental de los afectados.
Dice Magdalena Echeverría en una investigación llevada a cabo en Santiago de Chile que, de las consultad realizadas por distintos trabajadores:
- los accidentes se daban mayoritariamente entre los que estaban ocupados, por razones de esfuerzo y posición;
- las enfermedades psicosomáticas tienden a darse entre quienes están en riesgo de perder el empleo o trabajan precariamente;
- los trastornos psiquiátricos francos se presentan entre los desocupados.
Es que la relación con los otros y con las instituciones y grupos forma parte de la trama que constituye el psiquismo, establece la rede de configuraciones que sustenta el lugar del sujeto en su cultura, sostiene el espacio en el que, individual y colectivamente, los habitantes del contexto histórico-social realizan sus adaptaciones el medio instituido y exploran sus posibilidades instituyentes.
La ruptura de estas redes provoca en los sujetos comportamientos inadecuados con su intenso componente de angustia. Si un trabajador ha quedado fuera del mercado de trabajo por su edad, porque su capacidad ya no es necesaria, porque su rama de actividad desapareció o se contrajo como producto de la economía globalizada, su gesto de buscar trabajo resultará fuera de lugar, su conducta se tornará inadecuada y, tras una y otra frustración, acabará aceptando sin entender por qué el hecho de habar quedado fuera del circuito de protección que brindan el trabajo y el salario. Su mundo quedará hecho trizas, su sistema de significaciones se tornará inservible y sus papel como productor ya no será necesario. Imposible imaginar nada peor, dirá Hannah Arendt.
El hecho de tratarse de situaciones que involucran a vasto sectores de la población las transforma en fenómenos de alto impacto que afectan la sociedad como un todo. Veamos.
La globalización ha traído consigo una nueva terminología en la que descuella la palabra exclusión, usada para designar al desplazamiento forzado de los desocupados y subocupados fuera de los límites del abrigo del Estado y del Mercado, verdaderos contingentes de sobrantes sociales.
Ahora que ya no se trata de ensanchar el mercado de compradores como lo quería Henry Ford, sino de contar con una masa estable de consumidores que sea capaz de acompañar el cada vez más veloz ciclo de circulación de la producción. Ya no se trata de los pobres de hace unas décadas, quienes tenían a su favor la esperanza del progreso y el estímulo de un posible ascenso social, quienes se apoyaban firmemente en su trabajo y en el horizonte de lenta pero segura mejoría económica.
Los de ahora, los llamados excluidos, caen irremediablemente en un plano inclinado que los arroja más y más hondo en la miseria y la desesperación, atrapados en la lógica cruel que establece que la pobreza genera más pobreza, que serán más pobres y miserables cada día de sus vidas puesto que las ilusiones de recuperar el trabajo perdido se esfuman con el tiempo, que sólo cuentan para atender su salud en riesgo con el deteriorado sistema sanitario público, que, en fin, la educación que reciben es mala y apenas el almuerzo colectivo “atrae” todavía a los hijos de hogares humildes a las escuelas. Es decir, su habitan, su salud, su educación empeorarán sin remedio y sellaran esa decadencia llamada exclusión.
Del lado “de adentro”, los que tienen acceso, aún limitado, al mercado de consumo, suelen considerarse a salvo de las desdichas que aquejan a los excluidos. Pueden sentir que esta sociedad no es del todo mala, que al menos a ellos y a sus hijos les permite disfrutar de las maravillas del consumo, acceder a las sorprendentes innovaciones tecnológicas, a los viajes de ensueño, a ropas, filmes, comidas, edificios que tienen todos el sello codiciable de la posmodernidad.
La oferta es abrumadora y cautiva a grandes y chicos. Un folleto del “Barrio Parque Terranova” (Av. Giannattasio, km. 26.500) utilizado como aviso de prensa de una campaña publicitaria, proponía dar a luz y nacer a un mundo maravilloso:
“De las manos de Pintos Risso nace un lugar siempre soñado por vos. Un lugar con casas bordeadas con parque, pleno de pinos, árboles, flores y fuentes. Un lugar al borde de la avenida Giannattasio, entre Lomas de Solymar y El Pinar. Un lugar con sus entradas restringidas y vigiladas. Un lugar donde podrás dejar la puerta abierta sin temor. Un lugar donde volverás a respirar. A ver con los ojos cerrados como el viento silba en los ventanales. A olfatear la tierra mojada, el aroma de las plantas bañadas de rocío. A tocar la luz de la luna sobre tu almohada. A oír el crepitar del fuego en la estufa y un poco más allá, el acolchado rugir del mar. Volverás a vivir como antes, con los pies en la tierra. Y tan libre como los pájaros.”
Realmente esta es una época que abre su cuerno de la abundancia con maravillas de todo tipo. Cómo no apreciar “estar adentro” y tener la posibilidad de disfrutar de tanto bienestar. Los shoppings, internet, la realidad virtual, son algunos de los atributos de la época que instaló la aldea global donde antes había un mundo vasto y diverso. Y en esa aldea es vital “estar adentro”.
LA EXCLUSIÓN Y SU REVERSO: LA RECLUSIÓN.
Sin embargo, si se admite la obviedad de considerar a la sociedad como un sistema, un todo complejo compuesto por infinitas partes en delicados e inestables equilibrios, no habrá como ignorar que, ante una mutilación tan importante como la que supone arrojar a miles de personas fuera de los bordes que demarcan la vida civilizada tal como se la concibe hoy, será el todo el que estará afectado, que la sociedad en su conjunto sufrirá este desgajamiento y que, en ese punto, no habrá consumo que compense la transformación de nuestra vida en el mundo hostil y peligros que conocemos.
La violencia, el virus de inmunodeficiencia humana, la adicciones, el narcotráfico, la corrupción son tan genuinamente de esta época como las computadoras y el correo electrónico. No son defectos sino piezas auténticas de nuestra cultura contemporánea. Junto a las maravillas el horror, como caras de la misma moneda.
En este sentido, me parece posible plantear el malestar general con sus expresiones en uno y otro lado de la cerca, y considerar que lo contrario de la exclusión no es la inclusión sino la reclusión. Que “adentro” implica el miedo, la pérdida de seguridad, la necesidad de controles, sistemas de seguridad, alarmas, vigilantes, vecinos armados, barrios amurallados. Que “estar adentro” supone el haber perdido la posibilidad de frecuentar ciertos lugares, hoy considerados peligrosos, de salir a ciertas horas, de movernos con libertad por la ciudad. El “estar adentro” nos obliga a aumentar la desconfianza en nuestros semejantes, a aferrar nuestras pertenencias y a elaborar códigos de poblaciones sitiadas. El “estar adentro” es estar recluidos. Calles ayer apacibles se han tornados zonas de riesgo, las plazas ya no sirven para el paseo de los enamorados en los anocheceres, el fútbol no es para las familias, los semáforos en la noche son trampas muchas veces mortales, la entrada del auto en el garaje es la situación que más ataque genera en los barrios suburbanos.
¿Qué sociedad es esta? La que se expresa en la tensión exclusión-reclusión, la que sufre en cualquiera de los dos polos: en uno miseria, en el otro paranoia. La que se torna poco habitable y exige mutaciones profundas de los sujetos sociales para poder adaptarse.
El crecimiento de la miseria miserabiliza la vida de toda la sociedad. La miseria de los recluidos está en la pérdida de libertad en los gestos que se aprenden para poder pasar frente a los niños mendigos, por ejemplo, sin verlos; en el abandono paulatino de ademanes solidarios, en no detenerse ante los accidentes de tránsito por miedo, e inculcar en nuestros niños las preocupaciones frente a posibles ataques de adultos o de otros niños. Estar “adentro” no sale gratis, requiere aprender estrategias de supervivencia que nos aíslan cada vez más en un individualismo empobrecido y mezquino.
Esta fragmentación social que se establece en la división adentro-afuera genera inevitablemente violencia. Pero la violencia de nuestras sociedades contemporáneas no nace de la pobreza en si misma, ni de la miseria de la exclusión, ella es producto de una de las ecuaciones más crueles de la historia: la que genera una tensión insoportable entre el equilibrio psíquico del desapuntalamiento frente a la hiperoferta de la sociedad de consumo.
La confrontación de los sujetos de la exclusión con la existencia de todo lo que no tendrán jamás y que le es ofrecido abrumadoramente, es fuente de violencia y, en una de sus expresiones provoca la delincuencia. En Rio de Janeiro por ejemplo, una de las ciudades más violentas del mundo, se suele explicar este hecho por la característica de estar los morros en medio de la ciudad y producir el choque brutal del pobre morador de las miserables favelas que desciende a las calles para encontrarse con el lujo de Copacabana e Ipanema. Algo similar está ocurriendo entre nosotros con los “bolsones” de pobreza que se localizan en los “asentamientos” y la opulencia que se ostenta en otras localizaciones de la ciudad.
Montevideo, noviembre 2000.

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