PODER, ALTERIDAD Y MUERTE
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PODER, ALTERIDAD Y MUERTE
Prof: Mujica.- 05 / 11 / 04
La idea de esta charla -o como se llame- viene de una vez que estaba con Carrió y yo dije
algo que, en realidad bastaría con eso, pero por la burocracia del saber uno siempre estira más las
cosas. Se hablaba del poder. Lilita decía que había que hablar del Otro, y yo le dije que no había
que hablar del Otro porque eso era un ejercicio del poder, sino que había que escuchar al Otro.
Sobre el problema del poder, si es un problema, lo único que iba en contra era la muerte, ya que
la muerte era la experiencia de “no poder poder” más.
Hoy voy a ceñirme a hablar del Otro, de la alteridad, como experiencia ética. Voy a leer
un trabajo, y después vamos a compartir. Son “Vigilar y Castigar” y tres pasajes bíblicos que me
interesan como epígrafe. Uno es el primer fratricidio –Caín y Abel-. Dios se le aparece a Caín y
le pregunta por Abel, y Caín dice una frase que es una definición ética: “¿Quién me hizo amigo
al bien de mi hermano?”. El segundo pasaje es cuando Moisés va caminando por el bosque, y por
el campo ve que una zarza se quema y no se gasta. Se detiene y escucha una voz que le dice
“Moisés”. Ahí hay otra definición ética, cuando él dice “Heme aquí”, o sea, la disponibilidad. Y
un pasaje del Nuevo Testamento, que a mí me aterra, que es la única imagen de ultratumba,
mitológica, de un señor rico, que se llama “El Rico Espolón”, que iba al Infierno, o por ahí. Mira
al Cielo, ve que hay un mendigo, y le dice “¿por qué vos estás ahí y yo acá, si estabas en la
puerta de tu casa todo el tiempo, y vos tenías con qué comer y él estaba siempre deseando las
migas que caían de tu banquete y no se las diste?”. El rico responde: “Pero yo no lo vi”, y le
contesta: “No importa”.
Ahí aparece esta impresionante idea, muy fuerte, porque es el único pasaje donde se
imagina el más allá, o el Juicio, en el cual somos responsables de no haber visto. Como que la
ética no es una opción sino que es una responsabilidad. Somos responsables, y pareciera que,
sobre todo, de ver. Pareciera que como en la zarza ardiente de Moisés habrían pasado todos, y
sólo uno se detuvo, así también tenemos la obligación de ver la necesidad.
Ahora les leo un trabajo:
“Cada época, cada comunidad de destino, ha tenido su Ética, su moral o su verdad. Su
específica forma de valorar la relación con la propia conciencia, con el Otro, con el mundo, con
la naturaleza o con Dios. La centralidad de uno de estos significantes, o el soslayo de alguno de
ellos, su valoración -es decir, su jerarquización- diferencia y configura una época de otra, una
cultura de otra y un ser humano de otro ser humano. La modernidad, esa metáfora -al decir de
Nietzsche- “humana, demasiado humana”, y a la vez insuficientemente humana, la modernidad -
decía- nace cuando el hombre centra su reflexión sobre su propia subjetividad, cuando su
reflexión se vuelve su propio reflejo. Cuando el hombre se busca a sí mismo en la imagen que él
mismo proyecta de sí. La modernidad es tautológica, es la constitución autónoma del sujeto. Ella,
en su sombra, se conjuga en la gramática del espejo, la del hombre reflejado en todo pero
entregado a nada. Creciente y absorbente primacía del yo, cuyo resultado será la reducción de
todo lo diferente a lo idéntico, la transmutación de todo lo otro en yo, el deseo y su proyecto de
conquista, de economizar toda alteridad, de absorber la indignidad, de negar la diferencia, negar
el ser. La consecuencia es fruto amargo de esta raíz. Será ante el otro la xenofobia o la guerra.
Ante el mundo la devastación ecológica. La mirada, que nos ve generalmente como material a
utilizar, a usufructuar y ante Dios la negación, o su domesticación racional. En la síntesis de su
protagonista, el aislamiento y la soledad del yo. Un yo atado al carro de su triunfo, sujeto a su
subjetividad. Frente y enfrentado con todo lo que no sea él, frente a todo, próximo a nadie.
Subjetividad al fin, que pasó a ser la nota distintiva de la humanidad, de una humanidad cuyo
Humanismo ya parece como una raza en retirada, un hombre cuya humanidad ha dejado de ser un
sustantivo para tornarse un raro objetivo, una distinción. Cabría mirar la realidad desde otro
lugar, desde el lugar donde dar un viraje a nuestro yo. Cabría mirarnos desde la mirada que nos
viene, de la alteridad que nos interpela. Mirar, o mejor aun escuchar, el mandato del otro, el
mandato a nuestra responsabilidad. Cabría mirar sin reflejarnos en la mirada que nos mira. Ver la
realidad y a nosotros mismos desde el otro, no desde un tú frente a un yo, sino como un tú
constitutivo y fundativo del yo. Alentemos esta posibilidad, tratemos de salir del yo, adentremos
en la posibilidad del otro para tratar de salir de la claustrofobia de la identidad. Entremos en la
ética, en el intento de existir de otro modo que existir para mí. Entremos en el para el otro que
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cada uno es. Frente al mundo, cada hombre, cada mujer, está solo. El hombre anhela no un mero
objeto de discurso, sino que espera un sujeto de diálogo. Espera estar con el otro, y no solo con lo
otro. El hombre espera al otro. Cuando llegamos a la existencia, el otro ya estaba, su prelación
nos constituye, nos funda. Conocimos un mundo, lo humanizado, la encendido humanidad en la
noche cósmica. El otro me precedió, me recibió. La relación con el otro, por tanto, no nació de
mí, no nace del yo, no parte del sujeto ni de su decisión personal. Viene hacia el yo, adviene, es
gracia y no decisión. La soledad, toda soledad, todo sentirla, saberla, es huella. Destino y
testimonio de una ausencia, huella de un no otro, falta de mí. Sentirse solo tiene, en el hombre,
una doble significación. Por una parte, consiste en tener conciencia de sí, de su empezar y
terminar en sí, sus bordes, su hábitat. Pero, por otro lado, es una experiencia de un sí mismo que
se siente solo, inacabado, que se siente ausente de sí, se anhela en lo que no es. Un sí mismo que
no encuentra en él aquello de lo que carece y anhela, aquello que es el deseo, aquello que lo
remite a lo que él no es, el otro, el umbral humano fuera de sí, no un espacio, un latido. Anhela,
presiente, que es fuera de sí porque lo humaniza. Hay una parte de mí inalcanzable desde mí. El
otro no es sólo él, es mi posibilidad de mí, mi destinación. El otro está inscripto en mi dignidad,
troquelado, inscripto en el vacío, en el hueco que es mi soledad, en lo que no soy de mi ser.
Inundando a la realidad, el hombre encuentra su vocación. Este mismo hombre busca a su bestia
en el hombre que le diga su valor, busca un tú que lo constituya en yo. La existencia de ese, su
yo, no radica en una auto-relación, sino en la relación con otro. No se enraiza en una clausura, no
es hueco cerrado, sino en una trascendencia, en una existencia. Yo mismo no puedo mirarme a
mis ojos, y son siempre los labios de otro los que pronuncian mi nombre. El hombre busca quien
realice en él la epifanía de su propio rostro, que lo instaure en su humanidad, que lo confirme
acogiéndolo en su comunidad. Busca el junto al otro de la solidaridad, busca el con el otro de la
amistad, de la comunidad. Busca en el otro del amor, del trascender. El hombre busca quien
venga a habitar su soledad, quien la transfigure en intimidad. En lo más hondo de mí, en el hueco
que aún bulle en mí, en la sed del otro por mí, de la que aún no bebí, busco ser yo pero en otro.
Diferente pero mutuo. Esta sed por el otro, esta inscripción del otro en mí, es el llamado al
reconocimiento del otro como otro, es el llamado ético inscripto en la irreductibilidad de todo yo.
Irreductible al solipsismo de un solo yo, e inscripto en la irreductibilidad de cualquier tú, e
irreductible a sólo en mí o sólo para mí. La irreductibilidad que constituye su misma alteridad,
que constituye al otro como absoluto de mi yo, a mí como indisponible meramente para mí. El
hombre vive existiendo, es existencia, es el ex, el hacia fuera de sí, es trascendencia. La
existencia humana es excelencia, su adentro no cabe adentro. La identidad humana no está
clausurada sobre sí, no es idéntica a sí, no es apertura. Una apertura que no es neutra, es deseo,
intencionalidad, destinación. Deseo e intencionalidad encarnados en mi sensibilidad, en mi
exposición a los otros, proximidad al otro, y en tanto que tal, vulnerabilidad. Mi exposición me
expone, me pone fuera, junto al otro, me completa. Pongo el cuerpo, soy así. Vulnerabilidad a su
clamar. Clamar del otro, que resuena en mi interioridad. Reclamo no a mí, sino de mí, reclamo de
su hueco en mí, en el espacio abierto hacia él, el hueco que me constituye como posibilidad de
ser más de allí. El llamado del otro, el llamado que es su presencia, despierta en mí mi respuesta,
mi responder, mi responsabilidad. Es precisamente en la existencia entendida como
responsabilidad, como respuesta existencial, donde se anuda el nudo mismo de la subjetividad.
De hecho, se trata de decir la identidad misma del yo humano a partir de la responsabilidad. Es
decir, a partir de esa exposición que es de posición del yo soberano en la conciencia de sí, de
posición que, precisamente, es de responsabilidad con el otro. La responsabilidad es responder al
llamado que todo otro es. Que despierta de la fascinación del monólogo, de la repetición del sí
mismo, o lo mismo de mí. El llamado es mandato de responder al otro inscripto en su llamar.
Despierta en mí lo que soy como posibilidad, lo que ya tenía pero no lo hubiese sido el otro, no lo
hubiese demandado. Eclosión de mi interioridad, puesta en acto de mi excelencia que es
responsabilidad con el otro, ser en otro haciéndolo ser a él. Si el otro, como mi propia vida, me es
asignado antes que yo lo haya elegido, mi respuesta y mi responsabilidad es anterior a mi misma
libertad. Es su origen y su destino. Así el yo se manifiesta como constitutivamente dependiente
del otro, y en ello manifiesta al otro como anterior a mí mismo en mí. Mi subjetividad me destina
al otro, y en mi respuesta, en mi responsabilidad, en mi decisión ética, culmino mi ser hacia el
otro en ser para el otro, abriéndome, trascendiendo mi propio horizonte de lo constituido de mí
por otro, completando mi ser en la trascendencia en el otro, en el salto sin sombras, en el olvido
de mí. Mi subjetividad irreductible a sí misma, a su propia inmanencia, se abre a la alteridad, a la
irreductibilidad del otro a mi dignidad, a su trascendencia. El otro, y hasta yo mismo para mí,
para ser otro, debe permanecer fuera de la órbita de mi poder, producirlo, hacer del otro otro yo,
es agregar sal a mi sed, volver a quedarme solo bebiéndola, duplicar su hueco en el espejo de mi
yo. El otro como diferente, como diferencia, libera de la indiferencia de lo igual de lo idéntico de
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mi mismidad, de lo mismo de mi mismidad. Intencionalidad hacia el otro no es voluntad de
poder, no es la búsqueda de mí mismo en él, no es mi extensión. Es la búsqueda del otro por el
otro, es mi reverencia hacia su debilidad, hacia la huella del misterio de su nada que es la
revelación del misterio de mi misma nada. Es la nada que llama, la muerte que anuncia, el amor
que despierta, ya que sólo abrazamos lo que queremos salvar de la muerte, lo que su fragilidad,
su temblor, no asusta al amor. Hay un ver donde la observación del otro se hace insoslayable, se
grita. Se grita por no tener voz. El pobre. El pobre no es carencia, manquedad, es revelación. Es
la desnudez que toda satisfacción recubre. Es la existencia desnuda o más aún, en carne viva. En
el pobre el otro lo que pide es no morir, parece anudarse, clamar y reclamar, reclamarnos en él,
manifestar con toda su fuerza, con toda su debilidad. Debilidad impostada y encarnada en el
pobre que me llama, y llamándome me revela y enjuicia sobre lo que debo ser. El pobre es la
vergüenza de mi satisfacción, el destino y juez de mi contingencia y finitud. Su realización será
la subordinación de mi libertad a su necesidad, el sacrificio como paradoja abrazada a su vida. El
sacrificio como condición de posibilidad de la realización de mi ser ético, a través del otro como
pobre, del que lleva marcado en su culpa la carencia que es ser. Se manifiesta en toda su
magnitud el llamado a mi responsabilidad, se manifiesta el límite de mi poder, el límite o la
transfiguración de mi poder en solidaridad, mi yo en tú. El límite en el cual termino, me repliego,
o el límite desde el cual me extiendo, me entrego. En el pobre, por el pobre, soy tocado. Mi
sensibilidad es herida, la herida es tajo, el tajo arde. Todo tajo es siempre un tajo entero, se abre
más allá de la carne en la que se abre, herida que es la apertura por la que salgo de la clausura de
mi yo. El otro, el pobre, me salva, me redime de mi yo. El sacrificio no quita, el sacrificio da, me
libra de mí, me da al otro. En ese salir, en ese éxodo, habita mi más profunda identidad, la
pertenencia a mí mismo en el movimiento de la entrega al otro. Sólo así llego a mí mismo sin
poseerme ni manufacturarme, llego entregándome, llego en mí sin mí. Viaje de ida, don y
llamado de la lejanía, la encarnada en el otro, la sin regreso. En lo viviente, por ser vida, porque
podría no vivir, porque vivimos del mismo préstamo, por su insoslayable finitud que nos convoca
a la reverencia. La reverencia que nos eleva cada vez que nos inclinamos ante el abismo de la
debilidad. La debilidad se opone al poder, lo vence con esa misteriosa fuerza con que el perdón
de la víctima vence al poder del verdugo. La debilidad sacude, despierta un sentimiento, la
solidaridad. Solidaridad no del que tiene hacia quien carece, sino el que reconoce en la carencia
del otro la manifestación de su propia debilidad, la que nos reúne. Somos débiles, esa es nuestra
realidad, y esa misma nuestra responsabilidad, esa nuestra dignidad, la dignidad de nuestra
finitud, no nos necesitamos porque somos débiles: lo somos para necesitarnos, para
trascendernos, para llegar. Otras épocas erigieron la justicia de los dioses, a dios mismo o a la
razón como fundamento ético. Hoy esos valores ya no dispensan vida, ya no parecen tener la
fuerza para valorizar la existencia humana. Nos han guiado en otras épocas, nos trajeron hasta la
nuestra, quizás la más débil. Y en eso, la que puede llegar a ser más humana. Nunca quizás el
hombre se sintió más solo, nunca supo tanto de la necesidad que tiene de sus semejantes. La
época ésta, por esto mismo, que quizás pueda hacer de la debilidad del otro la medida de todas
las cosas. Hacer de esta inconmensurabilidad una nueva verdad. Quizás esta reverencia, esta
piedad, sea la débil, y por débil flexible y abierta, base sobre la que podamos edificar una nueva
ética, la de la debilidad que nos hermana. La debilidad que nos llama a cada uno más allá de uno,
la que nos convoca a todos hacia lo único que nos queda: el otro. La hermandad que nos desarma,
nos abre los puños, nos desnuda las manos. Algo del mundo empieza en mí, algo de ese mismo
mundo termina en mí. Mi falta es faltarle al otro. Lo que hago, lo que omito, nadie lo puede hacer
por mí. Algo del otro depende sólo de mí, omitirlo es ser la deuda de lo que debí ser. Ante mí,
soy mi propia falta. Ante el otro, soy la deuda de lo que debí dar, de lo que no di, y por no
hacerlo no lo fui ni lo seré jamás. El precio es la vulnerabilidad, exponerse, dejarse tocar -que es
dejarse crear-. El premio es librarnos de una piel sin sensibilidad, un pecho sin herida, una vida
sin su hueco. El hueco de cada uno por el otro, la entrada de todos en todos, la celebración de lo
abierto. La transparencia de cada hueco, el transparente abismo de cada uno, que late callado en
lo que algunos llamamos Dios, ese infinito que se abre cuando nos abrimos a la alteridad. Así
es”.
Sobre esto ustedes van a hablar, o preguntar, o comentar. O a callar, que es otra opción.
Pregunta
Yo no hablo de los pobres en la actualidad, no me parece una riqueza. El problema con el
pobre es que cuando deviene una categoría sociológica, entra en el poder. El pobre, en el
Evangelio, es el que no tiene voz, no el que reclama. Entonces, la pobreza pasa por ahí, por
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caminar por la verdad que el otro no cruza. Todo lo demás ya es traerlo al discurso. El pobre está
fuera del discurso, y cuando habla, generalmente pierde, porque compra el diálogo del otro. El
Evangelio no condena la riqueza en sí. Jesús, en el famoso ese que lo va a ver a la noche y que le
da la tumba, hay gente rica. La riqueza evangélica es casi la subjetividad moderna, el ser
suficiencia de sí, que es el criterio de dependencia que es, por antonomasia del pobre, porque el
pobre al no tener depende, al depender sabe que pende de él lo que no es él. Por eso yo trabajo
esa idea de que el pobre somos todos, el hecho de no poder darnos la propia vida. De ahí en
adelante, todo lo demás es don. Cuando lo reconocés como don, o no, y en el don te apropiás, y
eso es ser rico. Ahora, el problema es la clase media.
Pregunta
Es lo que normalmente llamamos Dios. Pensar que Dios es la alteridad sin fundamento,
es el tener que saltar hacia allá. Casi todos nuestros sistemas de relación con Dios –metafísicos,
religiosos, lo que sea- son sistemas de control sobre eso impresionante que parece que fuera Dios.
En todo el Antiguo Testamento, cuando ven un ángel se tiran al piso, porque ni se soportaba un
mensaje de Dios. Ante eso tremendo y fascinante que parece ser eso que hizo todo, nosotros
sacamos algunas constantes. Y para cada época, cada religión, saca diferentes constantes, y eso
es lo que llamamos Dios. Pero eso tendría que ser el simple andamiaje desde el cual saltar, al
menos serviría para saber hacia dónde saltar. Pero Dios es una domesticación, como ser bueno es
una domesticación de ser santo, o una forma de responder al otro.
Sería difícil juzgarnos a nosotros en esta época, primero porque somos contemporáneos y
parte, y segundo, porque en realidad nosotros hemos crecido muchísimo en conciencia ética, no
en obrar éticamente. Pero entonces tampoco sé yo éticamente si es que yo juzgo mi obrar
éticamente desde mi ideal, y otras épocas, porque no tenían esa conciencia del mal, el mal no
aparecía como tal. En realidad, idealmente somos mucho más evolucionados que la historia. Pero
racionalmente, nada más. En lo concreto no sé, porque ahora tenemos un metro que los demás no
tenían. Entonces nos parece que somos los peores porque tenemos las mejores formas de
juzgarnos. Y además estamos en una clausura de medios, o una claustrofobia mediática, en la
cual el único dato es el mal. Entonces vivimos con la ilusión de que prendemos el TV y están
secuestrando a todo el mundo todo el tiempo, todos los días. Nuestro referente es el mal, creo que
desde siempre.
No hay una historia de la bondad, hay una historia del poder. Pero sería difícil juzgarnos,
porque tampoco sé cómo se juzgaban otras épocas a sí mismas. Quizás una característica de la
modernidad sea la tendencia crítica que tenemos, y también eso nos puede hacer pensar que
somos los peores de todos, o los mejores de todos. Pero pocas épocas se miraron a sí como la
nuestra. Nosotros estamos todo el tiempo juzgando y calificándonos. Levinas tiene una frase
maravillosa. Dice “la pregunta por el mal es la demora del bien”.
En estos dos paradigmas, del rico y del pobre, la clase media es quizás la que más
carezca de identidad, y por lo tanto viva más de prestado, y eso casi le haga decir que es lo peor
de la caricatura de los de arriba y el miedo y a veces el desprecio a lo de abajo.
Obviamente, hay otras formas de ejercicio del poder. Cuando uno dice “poder” habla de
lo que conoce, y lo que conoce es un poder de opresión, más o menos negociado, votado, etc.
Pero un poder de dominación y no de servicio. El planteo grave, para mí, es si el hombre a esta
altura del desarrollo de todo -de un hogar a un país, o a un mundo-, si el hombre no está
manejando ya más poder que la capacidad de poder que tiene de manejar el poder.
A nadie se le ocurriría cargar una bolsa de 500 kilos en las espaldas, porque es aplastado.
Sin embargo, nosotros hemos generado un mundo en el cual, más allá de que nos guste o no nos
guste, se levanta a la mañana y tiene un mundo entero a resolver. Ningún ser puede hacer eso ya.
Todos experimentamos como nuestra propia vida eso, viendo cómo se nos escapa de las manos, y
es arrastrado o por trámites o por záppings.
Yo creo que hemos desarrollado una complejidad tal que el poder ya no es administrable.
O en todo caso habría que hacer 1000 divisiones, y no tres poderes, por el hecho de la proporción
humana, o sea, de la capacidad de poder que tiene uno. Nos damos cuenta de cómo la memoria
está siendo barrida. Yo no tengo edad para no tener memoria, pero me rodeo de gente que ya no
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se acuerda de nada. El otro día con un pibe de 23 años estuvimos media hora acomodando qué
películas había visto hacía dos meses. O sea, el exceso de información, todo está en exceso. El
problema del poder es ése, que yo creo que estamos manejando más poder de la capacidad que
tiene el ser humano como criatura de administrar el poder.
Cuando no se puede administrar el poder, entonces se lo impone. O se es Bush. Pero,
para mí, el gran problema del poder, incluso del posible buen uso, es que el posible buen uso no
alcanzaría para mover esta gigantomaquia de mundo que hemos generado. O incluso vidas
particulares. Para mí es un callejón sin salida el problema del poder. Que es un callejón de salidas
de tantas áreas, el desorbitarse de la proporción humana. Después de todo, el gran pecado de los
griegos, el primer pecado de los griegos -que ellos no llaman pecado- y pasa a ser el del Paraíso
en la tradición judeo-cristiana, es la hybris, la desmesura, el haberse salido de la proporción
humana. O sea, el buscar el exceso, maravillosamente trabajado en El Ciudadano de Orson
Welles, cuando va desdibujando la proporción entre lo humano y la posesión.
Entonces, también hay que ver que hay épocas en las que toca vivir sin respuestas. No
tengo una respuesta para todo. Tal vez nos toque atravesar eso, o como dice Dostoievsky, que el
mundo no se termine con una catástrofe sino con un bostezo, y volvamos a cierta proporción
humana. Hay muchas cosas para las que no tenemos solución, y hay que vivirlas, como la propia
vida. Después, otras épocas solucionarán eso y harán agujeros por otros lados. El ser humano no
arregla todo en cada época. Muy de vez en cuando, y es lo que llamamos una época clásica,
donde había cierta proporción entre los componentes de una cultura. No es nuestro caso.
Todas las culturas tuvieron, como gran presencia, a la muerte. Y que para nosotros nos
suena muy psicoanalizado, como necrofilia, tuvo que venir Heidegger y escribir El ser hacia la
muerte, y todos los intelectuales dijimos “¡qué inteligente!”. Toda la vida, es típico en los
monasterios, en la mesa de la comida había una calavera. Pero era la conciencia de proporción,
precisamente. O sea, conciencia de finitud, de saber qué vas a emprender dentro de la proporción
humana. El problema es que cuando el poder se vuelve ideología, también de alguna forma sutura
los posibles cuestionamientos. No es casual que nuestra cultura contemporánea hace unos años
sacó el mantel que cubría el sexo, pero puso ese mantel sobre la muerte. Y nosotros no nos
morimos más, hace rato. Es muy rápido, no hay tiempo de percatarnos, no hay presencia de
muerte. Hay parques en vez de cementerios, hay coches que pasan en vez de carruajes. O sea, la
muerte desapareció. Se acepta como un dato, pero no tiene la incidencia de generar conciencia.
Así que eso también está. Tenemos la sensación conciente de que es un problema solucionado. O
sea, todavía la ciencia no llegó a eso, pero ya falta poco.
A un amigo se le murió la madre, que era viejísima. Entonces, cuando la velan, me dice
el nieto que tendría 16 años: “yo no puedo creer que algo tan grandioso como la muerte le pasó a
alguien tan común como mi abuela”. Pero lo impresionante era la percepción de este pibe, de que
realmente no es común la muerte. Solamente ante esa grandeza es impresionante lo demás que
nos va a pasar en proporción. Pero eso está obturado ahora. Yo diría que es ir trascendiendo la
muerte. Porque yo doy vida haciendo ser al otro. Yo no diría que “dejo algo de mí” porque
parecería que estoy sacando cuentas. En realidad, yo me olvido, del dolor del otro uno no hace
cuentas. O sí, pero no tendría que hacer cuentas. Es decir, el otro me rescata del hacer cuentas.
Precisamente yo creo que el buscar dar vida es la generosidad de la vida, es el plus que va a
quedar a pesar de mi desaparecer. Creo que ahí está la apuesta de la verdadera vida, la
fecundidad, en aquello que yo no voy a recoger, en aquello que es en el otro. En ese sentido me
libra de la muerte. No de la muerte física, pero esa muerte física se vuelve otra cosa.
En general, el otro desaparecido lo sufrimos nosotros, pero es una configuración humana.
Es Antígona. Ese planteo ha estado siempre, el famoso “dar sepultura”. Yo no creo que eso tenga
que ver con nuestra configuración de la muerte porque la configuración de la muerte es un
estadio por el que está pasando Occidente, más allá de nuestro trauma particular que es esa
asociación. Pero de nuevo, como ante todo abismo, como fue eso, se puede ser Antígona, o se
puede ser la hermana y quedarse en casa. El planteo es qué hacemos con eso. Eso puede
generarnos un mayor enfrentamiento a la muerte, y no necesariamente un sacarle el cuerpo.
Con respecto a lo que dije primero, de la responsabilidad como una opción. Yo creo que
el planteo estaría en qué es ser hombre. Yo creo que responder es lo más prístino que tenemos. O
sea, así como pienso que escuchar es anterior a hablar, que cuando nacimos no hablábamos sino
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que escuchábamos, y por eso terminamos hablando, ser responsable, para mí es anterior de ser
libre. O sea, la libertad siempre está en función de, o se concreta o es un vacío. En realidad, en la
configuración que tenemos, en la cual tenemos que incluir, llámese con el discurso que se llame,
el pecado, o sea esa perseverancia en defender al propio ser, ese repliegue, en esa constitución
creo que la libertad es llegar a ser libre de mí para poder estar disponible a la respuesta. Creo que
es innato quizás -casi ideológico yo diría-, esa idea de que yo respondo por, de que yo soy por el
otro. Si el otro aparece como necesidad, porque esa es la finitud, entonces, responder es la
necesidad de mi ser ante un mundo necesitado.
En cuanto a qué hacemos con los pobres, no sé, lo mío es tratar de sensibilizar, después
cada uno responderá. Esa es la respuesta personal de cada uno. No soy de los grandes planteos
tipo recetarios.
En la religión oriental el otro se tiene que hacer cargo de su karma, en todo caso. Si yo
ayudo al otro es para borrar mi karma. No voy a entrar en eso. Más estoy hablando del judaísmo
y la tradición judía, lejos de lo oriental. Y la tradición milenaria nuestra no es tal. En la
modernidad es la primera vez que el sujeto se reconoce en sí mismo. En la antigüedad el hombre
era parte de la Phycis, estaba en la Naturaleza como Naturaleza, no tenía esa interioridad de la cual
separarse. En el Medioevo, el hombre era hijo de Dios, no era criatura en sí. El hombre siempre,
hasta la Modernidad –que no hace tanto-, se reconoció como parte de. Recién con la modernidad el
hombre parte de sí. Pero antes estaba en. El famoso que quiere recuperar Heidegger con el “volver
al ahí”. Pero no es milenario en absoluto, es algo muy cortito esa idea de que el sujeto se
fundamenta en sí mismo y desde sí mismo percibe. O sea, toda la historia del hombre hasta
Descartes, el hombre es parte de, el hombre se asombra ante la realidad. Recién con Descartes el
hombre, en vez de asombrarse, empieza a dudar ante la realidad, y con eso tiene que ser él el que,
de alguna forma, la crea. Configura mentalmente una realidad. Pero milenario en absoluto, es un
lapso muy chiquito en el cual nosotros nacimos, que el hombre se está concibiendo como nos
concebimos nosotros. Y es contra de toda la tradición occidental.
Ganar es el premio del poder. El planteo es si no habría otra cosa que el poder no sabe. El
poder es cuando todos los planteos los hacemos desde que como resultado tenemos, además, que
ganar. Hay una película que se dio hace no mucho, que se llamaba “La estrategia del caracol”. Es
un documental ficcionado, y es un periodista que hace notas a gente que vive en una casa tomada
durante cuatro años, y los iban a desalojar, y uno se hace el enfermo, y hay una parturienta, y
toda esta burocracia de resistencia. Hasta que finalmente, ya no saben qué hacer, y viene el juez y
los saca de la casa. Entonces, y ahí termina la película, el periodista le dice a uno de los
inquilinos que estaba hablando: “Pero ustedes sabían que los iban a echar. ¿Por qué hicieron todo
esto?”. El otro le contesta: “Por dignidad”. Ahí termina la película. Por ahí lo que uno está
jugando es otra cosa. Si juega a ganar, también está jugando otra cosa. Por ahí ganar es también
perder, no sé. Cuando uno juega al ajedrez con un maestro, a mí me tocó jugar y me llevó quince
segundos perder, pero es la mejor partida que jugué. Cuando le gano a un tarado ¿qué gano?
Yo creo que nadie conoce a nadie. Somos algunas señas, y precisamente el amor implica
una relación con el desconocido, pero que se cree en ese desconocimiento. Nosotros tenemos esa
idea de fusión y de igualdad de amor, y sin embargo el amor es algo terrible. El amor es terminar
dándose cuenta de la absoluta unicidad. Primero, el amor lo padecemos, no lo elegimos; ya eso es
muy loco. Podemos elegir el sí o el no a lo que padecemos, pero nadie dice “hoy salgo y me voy
a enamorar”, sino que de repente sale y se enamora. Puede decir que sí o que no, eso es lo que
podemos hacer. Después lo hacemos, y hacemos la primera singularización de un alguien. Y el
amor cumplido, aceptar el singular al otro, que me muestra que es absolutamente extraño a mí.
Lo que pasa es que como no ejerzo poder, no necesito saber para controlar, entonces me entrego.
Pero en el desconocimiento.
El otro día, en una clase maravillosa, alguien decía “demasiado saber también es
mentira”. Demasiado conocer es que lo racionalicé al otro. Pero yo creo que nadie busca ser
conocido. Lo que busca es ser respetado como misterio.
Además, tampoco hay que separar realidad de ilusión. Eso es un prejuicio de los
racionalistas. Nosotros somos ilusión. Si nosotros jamás coincidimos el estar con el ser. Estamos
siempre proyectando, o soñando, y hay una desvalorización de eso, sin embargo eso es lo que
somos. De la suma de los errores, las ilusiones, las ensoñaciones, los sueños, etc., todo eso es el
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clima anímico dentro del cual decidimos. Por lo tanto las decisiones están más hechas de todo
esto que de la causa y efecto, o del problema de identidad o del tercero o factor excluido, como
pensaría para tomar una decisión racional. Nosotros somos eso, hay un cierto encantamiento de la
realidad. Porque eso es ser hombre también, encantar la realidad.
Ahora, otro planteo drástico también sería que la mayoría de los matrimonios se tendrían
que separar, que sería otra opción. Quizá sería un criterio de realismo. Pero también llevarlo al
análisis solamente… Cuando, por ejemplo, alguien me dice respecto de un amigo, yo digo “no
sé, es mi amigo”; no lo pienso. Cuando lo pienso es cuando ya empecé a objetivarlo, ya ahora
tiene que empezar a rendirme cuentas de su realidad, y ahí sí es otra cosa.
Si yo me veo en el otro, estoy negando al otro, si el otro es mi diferencia. No es yo verme
en el otro, sino ver al otro. Eso es lo primero. Y la libertad es posterior, o sea, el hombre no es
libre. El hombre es responsabilidad, y la libertad es el uso de liberarme a mí de mi propio
repliegue para estar disponible al otro. Pero la realidad es libertad de mí para el otro. El hombre
tiene algo biológico, que es una predisposición a preservar su propio ser. O sea, biológicamente
todo viene hacia nosotros. La comida viene y me hace a mí. Ahora, espiritualmente,
psíquicamente, o como quieran llamarlo, es al revés: yo no me sostengo trayendo sino me
despliego llevando. Entonces tengo que romper esa identificación de mí mismo con mi biología,
y dar el salto humano, que es el poder llevar en vez de traer.
P: En lo que leíste, incluso en las tres citas bíblicas que mencionaste, hay un tema de
cierta soledad, o cierto vacío, o cierto lugar de pensamiento donde hay un vínculo de la pregunta
ética, donde no hay elementos que modifiquen esa respuesta. En el mundo actual, de la vida
moderna, donde hay una interactividad absoluta, donde uno no es sólo uno y tampoco puede ver
al otro sino en relación con la infinidad de cosas que se interrelacionan ¿Cómo se puede pensar
eso? Porque desaparece esta soledad, o este vínculo…
Bueno, en Caín y Abel recién inauguraban el mundo, si se quiere. Pero en la tercera,
donde aparece todo el planteo del tercero, el que es responsable de aquel que se ha sentado a su
puerta y el rico no lo veía, etc., ya es un mundo social. Yo creo que es lo mismo en un mundo
social. El planteo básico me parece que consiste en aclarar en qué consiste el acto ético. Después
aparece el tercero y la justicia. Pero para que el tercero y la justicia, o sea, la ética
institucionalizada o racionalizada sea vida y no deber, hay que recuperar constantemente el cara a
cara. Porque sin el cara a cara yo le doy limosna a un pobre sin mirarlo a los ojos. Mirándole a
los ojos estoy haciendo un acto personal y no un trámite caritativo.
P: El hecho de hacer eso ¿es para descargar culpa?
Ah, eso se lo pregunte cada uno. No sé, eso es personal, puede ser una cosa o la otra, no
se puede generalizar. De todas maneras, el que recibe el cheque generalmente no se hace el lujo
de tantas preguntas. Desde uno, no sé, porque yo no sé todo.
Nosotros vivimos en una ilusión de creer que estamos entendiendo la realidad. Piensen
que del 99,999… % de la existencia humana, nosotros no tenemos noción. Nosotros nos
movemos de Susana Jiménez al vecino, nuestra familia, y a todo lo que los medios nos dicen que
está pasando en la existencia, que siempre el parecer es poder. Yo no tengo idea de por dónde
está pasando la vida en este momento. Nosotros vivimos en una ilusión de hablar eso que se
llama “la gente”. Piensen que en este momento somos eso que se llama “contemporáneos” de
una choza en Somalía. La familia Bush, mi mamá, etc., qué sé yo, somos contemporáneos de
mundos remotísimos. Después de haber estado varios meses en la India a veces me acuerdo y
pienso “eso sigue”, como que siempre iba a estar esa sensación de que yo me iba, y atrás
quedaba eso que es un infinito, para bien o para mal. Pero cada tanto yo necesito hacer esa
constatación de que eso sigue. Porque nosotros tenemos la ilusión de saber qué está pasando.
Como muchos pensamos que sabemos lo que está pasando en la política, por ejemplo.
Cuando uno va a otro continente, como cuando uno está en Oriente, yo me enteré de la
existencia de países. Cuando estaba en no sé donde apareció la guerra en Chechenia, y me enteré
de que existía Chechenia, porque si no hay masacres no nos enteramos de nada. Y no soy tan
desfasado, soy más o menos una persona enterada. Nosotros vivimos en esa ilusión de eso que
todo el “mundo dice que”. Yo no sé si no está pasando la vida por el bien. Porque hay algo muy
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curioso, que es que el paraíso nunca existió, pero de todas maneras el hombre siempre creó
paraísos. No existió, pero kafkianamente nos sentimos responsables de haberlo perdido. O sea, de
alguna manera el bien es innato en nosotros. Tan es así que no tenemos registro del bien. Porque
yo voy por la calle y no digo “qué bárbaro, no nos matamos unos a otros”. Pero ¿por qué no nos
podríamos matar también? O sea, nosotros no tenemos registro del bien. Tenemos registro de eso
que altera y contradice a eso que damos por descontado. Entonces siempre estamos contando el
mal.
Así que, de nuevo, yo no sé por dónde está pasando la existencia, si necesariamente está
pasando por el mal, o si está “ganando” el mal, como se dice. Yo recuerdo que hace unos años,
estaba el menemismo. Cuando ya todo eso se venía abajo, estaba en unas reuniones de
comunidades de base, estábamos los de todas las provincias hablando de “la crisis de la
esperanza” Uno del interior nos dijo a los de Buenos Aires: “no es crisis de esperanza, ustedes la
tienen porque la pusieron en el banquete del consumo. Pero nosotros nunca nos hicimos ilusiones
con eso”. Ahora, desde acá nos sentíamos que éramos los portavoces de lo que estaba pasando en
la Argentina. Entonces, yo creo que así nos pasa con creer que estamos entendiendo la realidad.
Y estamos entendiendo ese pedacito de la realidad que es público. Pero, de nuevo, para mí la vida
pasa por los pequeños gestos que uno no sacaría una foto. Se trata de dónde uno pone el cuerpo,
y como decíamos antes, si no se trata de ganar. Los demás te dicen dónde hay que poner el
cuerpo.
Pregunta: ¿En la ciencia pasa lo mismo, que no tenemos registro del bien?
En la ciencia, en general, tenemos registro de las dos cosas, porque tenemos registro de
las catástrofes, de la ciencia como armamento. Pero también tenemos registro de la ciencia como
medicina. Tenemos los dos. Yo no soy tan optimista, porque en esto que decía de que no tenemos
poder de nuestro propio poder, también el hecho de que la ciencia cada vez más dependa de
estructuras gigantescas para desarrollarse, o sea que si un señor quiere hacer una vacuna ya vino
un súper-laboratorio y le puso una oficina y veinte encargados… cada vez más el poder
condiciona la aparición de algo, dentro de ese marco de poder. O sea, dentro de esa utilidad. Ese
es para mí el peligro, que ya nadie sin poder… ya no es más el científico con la cubeta en su casa
o en su laboratorio. Ahora todo es de tal complejidad también en eso, que en seguida sos
fagocitado por aquel que quiere uso de lo tuyo. Y el uso, en general, es como mayor bondad,
comercial.
La subjetividad heideggeriana es la subjetivación. O sea, no es el sujeto sino que es la
gotita del ser y no el ser mismo. El hombre no se fundamenta tanto en sí, sino que es fundado por
un ser del cual uno mismo es la expresión de eso. Dentro de la libertad, de poder decir que sí o
que no, de poder escuchar, de responder al llamado o no responder, etc., pero dentro de una
subjetividad que no se sostiene sobre sí sino que es una apertura de recepción, que para mí eso es
la existencia. Piensen que cuando nacimos y tuvimos la primera conciencia, si tuviéramos
memoria de niño, la primera conciencia de nosotros es recibirnos. O sea, no éramos incluirnos,
uno era y estaba. Entonces, es recuperar constantemente esa idea de que estamos siempre siendo
fundamentados, y que nosotros somos el diálogo con esa fundamentación. El llevarlo a la
presencia, o el repetir y ahogarlo. Lo de Heidegger pasa por ahí.
Yo creo que llega un momento en la vida en que uno tiene que deconstruir el discurso
que heredó. Quizás después lo hace propio. Es un poco lo de los padres. Hay un momento en que
hay que negarlos, porque quitan el aire. Después se los puede recuperar o no, no necesariamente.
Pero se crece por rupturas, no por continuidad. Justamente las rupturas son los espacios donde la
novedad puede aparecer. Ese que tiene una vida lineal, como solían ser las vidas clásicas, nunca
tuvo el espacio para la novedad del cambio. Entonces, creo que hay que deconstruir el discurso.
Lo que hay que saber es, después, recuperar lo recuperable; y no entrar en la negación por la
negación. O lo que suele ser seguir dependiendo, seguir dialogando con el discurso pero
puteándolo. Pero lo instaurás vos, le seguís dando el ser. También hay que tener en cuenta que a
veces puede ser que uno siga atrapado en contra, pero de lo mismo.
Pareciera que uno necesita del obstáculo, para tener donde rebotar. El hecho es si la
diferencia es enemiga, o si es cuestionante. O si hay otro, si hay una amenaza para mí, o si es la
posibilidad de mi extensión. Pasa por la comprensión del otro. Nosotros nos movimos, desde que
el hombre es hombre hasta hace muy poco –hará unos 70 años- con lo único que yo creo que
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más o menos cambió radicalmente, que era con el parámetro de lo Uno. O sea, había un ser,
había un Dios, había una Historia, todo era Uno. Se trataba de quién se apropiaba de ese Uno, y
decía “ese Uno soy yo”. Era el ser y sus leyes. Cuando aparece el devenir, el movimiento, parece
que se rompe el Uno. El Uno no puede sostener algo que empieza a moverse, y en esa movilidad,
a mostrar su multiplicidad. Que había tantas historias como historias contadas, que no íbamos
hacia algún lado. Se rompe esa ingenuidad de una línea recta en la cual al final nos está
esperando alguien con todos los bienes terrenales. Esa Idea de que todo iba hacia Un lugar y que
todos íbamos, se trataba de quien estaba más adelante o más atrás, si era primero o tercero… O
sea, se rompe el parámetro de lo Uno. Y todavía no sabemos qué hacer con eso. Sobre todo, no
tenemos categorías mentales que puedan pensar el movimiento. Nuestras categorías mentales, la
lógica, están hechas para pensar lo inmóvil: “A=A”, no que sea otra cosa que “A”. Y por eso el
tercero tiene que ser excluido. O sea, lo liquidamos porque contradice la identidad.
El planteo ahora es el de la multiplicidad, que es incluso física. O sea, ya nada, esa
famosa palabra fascista de “pureza” no existe, ya nada es puro, en ningún lado hay pureza de
nada, todo está mezclado. Yo creo que estamos en una fase de miedo al otro. Hace unos meses
hablaba con un profesor de La Sorbona de París, que me decía que la madre es muy viejita, y
vive en un barrio árabe. Y que la madre tiene amigas árabes, porque la casa de ella estaba
rodeada por árabes, y se llevan bárbaro. Pero que no sabía la calle porque le da miedo ver
carteles escritos en árabe. Es muy loco, porque es como que lo humano no fuera problema, pero
realmente en el sentir yo entiendo a esa vieja que sale a la calle y no puede leer más. O sea,
vivimos todavía con ese miedo de que estamos siendo invadidos por la diferencia. Y nosotros, a
su vez, invadimos otros terrenos. Yo creo que en este momento el gran miedo es ese, que hemos
roto lo que anteriormente nos protegía, de alguna forma. Incluso ya casi no quedan lenguajes
físicos, están en constante transformación, se mezclan. Vivimos una cosa que a mí me parece
normal que nos asuste. Pero bueno, nos llevará un tiempo ese aprendizaje.
Hoy vivimos en épocas de invasiones. Los mapas cambian todo el tiempo, hay más
movilidad que en ninguna otra época –legales, ilegales-, todo el mundo está migrando, el pan
siempre pareciera estar en otro lado.
“Resistencia” no es una palabra que me guste, porque al decir “resistir” ponés al otro
como real. Yo creo que uno tiene que generar algo que no sea en relación a resistirme al otro,
porque entonces de nuevo sigo dependiendo del otro. Es como la palabra “refugio” que implica
que el otro es lo real, y yo me refugio de lo real en tal cosa. Yo creo que uno tiene que abrir otros
espacios, y donde se abre un nuevo espacio se relativiza todo lo que rodea. Pero como creación,
como novedad. Entonces uno instaura nuevos mundos que pueden ser habitados. Pero la
resistencia sigue siendo con lo viejo. O sea, la libertad se crea. Si uno se pregunta qué es posible,
es lo posible dentro de lo mismo, sería una modificación y no un nacimiento. Pero creo que lo
que hay que hacer es generar una novedad, y ahí la novedad muestra lo viejo de lo antiguo. Yo
daría por terminado aquí.
PODER, ALTERIDAD Y MUERTE
Prof: Mujica.- 05 / 11 / 04
La idea de esta charla -o como se llame- viene de una vez que estaba con Carrió y yo dije
algo que, en realidad bastaría con eso, pero por la burocracia del saber uno siempre estira más las
cosas. Se hablaba del poder. Lilita decía que había que hablar del Otro, y yo le dije que no había
que hablar del Otro porque eso era un ejercicio del poder, sino que había que escuchar al Otro.
Sobre el problema del poder, si es un problema, lo único que iba en contra era la muerte, ya que
la muerte era la experiencia de “no poder poder” más.
Hoy voy a ceñirme a hablar del Otro, de la alteridad, como experiencia ética. Voy a leer
un trabajo, y después vamos a compartir. Son “Vigilar y Castigar” y tres pasajes bíblicos que me
interesan como epígrafe. Uno es el primer fratricidio –Caín y Abel-. Dios se le aparece a Caín y
le pregunta por Abel, y Caín dice una frase que es una definición ética: “¿Quién me hizo amigo
al bien de mi hermano?”. El segundo pasaje es cuando Moisés va caminando por el bosque, y por
el campo ve que una zarza se quema y no se gasta. Se detiene y escucha una voz que le dice
“Moisés”. Ahí hay otra definición ética, cuando él dice “Heme aquí”, o sea, la disponibilidad. Y
un pasaje del Nuevo Testamento, que a mí me aterra, que es la única imagen de ultratumba,
mitológica, de un señor rico, que se llama “El Rico Espolón”, que iba al Infierno, o por ahí. Mira
al Cielo, ve que hay un mendigo, y le dice “¿por qué vos estás ahí y yo acá, si estabas en la
puerta de tu casa todo el tiempo, y vos tenías con qué comer y él estaba siempre deseando las
migas que caían de tu banquete y no se las diste?”. El rico responde: “Pero yo no lo vi”, y le
contesta: “No importa”.
Ahí aparece esta impresionante idea, muy fuerte, porque es el único pasaje donde se
imagina el más allá, o el Juicio, en el cual somos responsables de no haber visto. Como que la
ética no es una opción sino que es una responsabilidad. Somos responsables, y pareciera que,
sobre todo, de ver. Pareciera que como en la zarza ardiente de Moisés habrían pasado todos, y
sólo uno se detuvo, así también tenemos la obligación de ver la necesidad.
Ahora les leo un trabajo:
“Cada época, cada comunidad de destino, ha tenido su Ética, su moral o su verdad. Su
específica forma de valorar la relación con la propia conciencia, con el Otro, con el mundo, con
la naturaleza o con Dios. La centralidad de uno de estos significantes, o el soslayo de alguno de
ellos, su valoración -es decir, su jerarquización- diferencia y configura una época de otra, una
cultura de otra y un ser humano de otro ser humano. La modernidad, esa metáfora -al decir de
Nietzsche- “humana, demasiado humana”, y a la vez insuficientemente humana, la modernidad -
decía- nace cuando el hombre centra su reflexión sobre su propia subjetividad, cuando su
reflexión se vuelve su propio reflejo. Cuando el hombre se busca a sí mismo en la imagen que él
mismo proyecta de sí. La modernidad es tautológica, es la constitución autónoma del sujeto. Ella,
en su sombra, se conjuga en la gramática del espejo, la del hombre reflejado en todo pero
entregado a nada. Creciente y absorbente primacía del yo, cuyo resultado será la reducción de
todo lo diferente a lo idéntico, la transmutación de todo lo otro en yo, el deseo y su proyecto de
conquista, de economizar toda alteridad, de absorber la indignidad, de negar la diferencia, negar
el ser. La consecuencia es fruto amargo de esta raíz. Será ante el otro la xenofobia o la guerra.
Ante el mundo la devastación ecológica. La mirada, que nos ve generalmente como material a
utilizar, a usufructuar y ante Dios la negación, o su domesticación racional. En la síntesis de su
protagonista, el aislamiento y la soledad del yo. Un yo atado al carro de su triunfo, sujeto a su
subjetividad. Frente y enfrentado con todo lo que no sea él, frente a todo, próximo a nadie.
Subjetividad al fin, que pasó a ser la nota distintiva de la humanidad, de una humanidad cuyo
Humanismo ya parece como una raza en retirada, un hombre cuya humanidad ha dejado de ser un
sustantivo para tornarse un raro objetivo, una distinción. Cabría mirar la realidad desde otro
lugar, desde el lugar donde dar un viraje a nuestro yo. Cabría mirarnos desde la mirada que nos
viene, de la alteridad que nos interpela. Mirar, o mejor aun escuchar, el mandato del otro, el
mandato a nuestra responsabilidad. Cabría mirar sin reflejarnos en la mirada que nos mira. Ver la
realidad y a nosotros mismos desde el otro, no desde un tú frente a un yo, sino como un tú
constitutivo y fundativo del yo. Alentemos esta posibilidad, tratemos de salir del yo, adentremos
en la posibilidad del otro para tratar de salir de la claustrofobia de la identidad. Entremos en la
ética, en el intento de existir de otro modo que existir para mí. Entremos en el para el otro que
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cada uno es. Frente al mundo, cada hombre, cada mujer, está solo. El hombre anhela no un mero
objeto de discurso, sino que espera un sujeto de diálogo. Espera estar con el otro, y no solo con lo
otro. El hombre espera al otro. Cuando llegamos a la existencia, el otro ya estaba, su prelación
nos constituye, nos funda. Conocimos un mundo, lo humanizado, la encendido humanidad en la
noche cósmica. El otro me precedió, me recibió. La relación con el otro, por tanto, no nació de
mí, no nace del yo, no parte del sujeto ni de su decisión personal. Viene hacia el yo, adviene, es
gracia y no decisión. La soledad, toda soledad, todo sentirla, saberla, es huella. Destino y
testimonio de una ausencia, huella de un no otro, falta de mí. Sentirse solo tiene, en el hombre,
una doble significación. Por una parte, consiste en tener conciencia de sí, de su empezar y
terminar en sí, sus bordes, su hábitat. Pero, por otro lado, es una experiencia de un sí mismo que
se siente solo, inacabado, que se siente ausente de sí, se anhela en lo que no es. Un sí mismo que
no encuentra en él aquello de lo que carece y anhela, aquello que es el deseo, aquello que lo
remite a lo que él no es, el otro, el umbral humano fuera de sí, no un espacio, un latido. Anhela,
presiente, que es fuera de sí porque lo humaniza. Hay una parte de mí inalcanzable desde mí. El
otro no es sólo él, es mi posibilidad de mí, mi destinación. El otro está inscripto en mi dignidad,
troquelado, inscripto en el vacío, en el hueco que es mi soledad, en lo que no soy de mi ser.
Inundando a la realidad, el hombre encuentra su vocación. Este mismo hombre busca a su bestia
en el hombre que le diga su valor, busca un tú que lo constituya en yo. La existencia de ese, su
yo, no radica en una auto-relación, sino en la relación con otro. No se enraiza en una clausura, no
es hueco cerrado, sino en una trascendencia, en una existencia. Yo mismo no puedo mirarme a
mis ojos, y son siempre los labios de otro los que pronuncian mi nombre. El hombre busca quien
realice en él la epifanía de su propio rostro, que lo instaure en su humanidad, que lo confirme
acogiéndolo en su comunidad. Busca el junto al otro de la solidaridad, busca el con el otro de la
amistad, de la comunidad. Busca en el otro del amor, del trascender. El hombre busca quien
venga a habitar su soledad, quien la transfigure en intimidad. En lo más hondo de mí, en el hueco
que aún bulle en mí, en la sed del otro por mí, de la que aún no bebí, busco ser yo pero en otro.
Diferente pero mutuo. Esta sed por el otro, esta inscripción del otro en mí, es el llamado al
reconocimiento del otro como otro, es el llamado ético inscripto en la irreductibilidad de todo yo.
Irreductible al solipsismo de un solo yo, e inscripto en la irreductibilidad de cualquier tú, e
irreductible a sólo en mí o sólo para mí. La irreductibilidad que constituye su misma alteridad,
que constituye al otro como absoluto de mi yo, a mí como indisponible meramente para mí. El
hombre vive existiendo, es existencia, es el ex, el hacia fuera de sí, es trascendencia. La
existencia humana es excelencia, su adentro no cabe adentro. La identidad humana no está
clausurada sobre sí, no es idéntica a sí, no es apertura. Una apertura que no es neutra, es deseo,
intencionalidad, destinación. Deseo e intencionalidad encarnados en mi sensibilidad, en mi
exposición a los otros, proximidad al otro, y en tanto que tal, vulnerabilidad. Mi exposición me
expone, me pone fuera, junto al otro, me completa. Pongo el cuerpo, soy así. Vulnerabilidad a su
clamar. Clamar del otro, que resuena en mi interioridad. Reclamo no a mí, sino de mí, reclamo de
su hueco en mí, en el espacio abierto hacia él, el hueco que me constituye como posibilidad de
ser más de allí. El llamado del otro, el llamado que es su presencia, despierta en mí mi respuesta,
mi responder, mi responsabilidad. Es precisamente en la existencia entendida como
responsabilidad, como respuesta existencial, donde se anuda el nudo mismo de la subjetividad.
De hecho, se trata de decir la identidad misma del yo humano a partir de la responsabilidad. Es
decir, a partir de esa exposición que es de posición del yo soberano en la conciencia de sí, de
posición que, precisamente, es de responsabilidad con el otro. La responsabilidad es responder al
llamado que todo otro es. Que despierta de la fascinación del monólogo, de la repetición del sí
mismo, o lo mismo de mí. El llamado es mandato de responder al otro inscripto en su llamar.
Despierta en mí lo que soy como posibilidad, lo que ya tenía pero no lo hubiese sido el otro, no lo
hubiese demandado. Eclosión de mi interioridad, puesta en acto de mi excelencia que es
responsabilidad con el otro, ser en otro haciéndolo ser a él. Si el otro, como mi propia vida, me es
asignado antes que yo lo haya elegido, mi respuesta y mi responsabilidad es anterior a mi misma
libertad. Es su origen y su destino. Así el yo se manifiesta como constitutivamente dependiente
del otro, y en ello manifiesta al otro como anterior a mí mismo en mí. Mi subjetividad me destina
al otro, y en mi respuesta, en mi responsabilidad, en mi decisión ética, culmino mi ser hacia el
otro en ser para el otro, abriéndome, trascendiendo mi propio horizonte de lo constituido de mí
por otro, completando mi ser en la trascendencia en el otro, en el salto sin sombras, en el olvido
de mí. Mi subjetividad irreductible a sí misma, a su propia inmanencia, se abre a la alteridad, a la
irreductibilidad del otro a mi dignidad, a su trascendencia. El otro, y hasta yo mismo para mí,
para ser otro, debe permanecer fuera de la órbita de mi poder, producirlo, hacer del otro otro yo,
es agregar sal a mi sed, volver a quedarme solo bebiéndola, duplicar su hueco en el espejo de mi
yo. El otro como diferente, como diferencia, libera de la indiferencia de lo igual de lo idéntico de
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mi mismidad, de lo mismo de mi mismidad. Intencionalidad hacia el otro no es voluntad de
poder, no es la búsqueda de mí mismo en él, no es mi extensión. Es la búsqueda del otro por el
otro, es mi reverencia hacia su debilidad, hacia la huella del misterio de su nada que es la
revelación del misterio de mi misma nada. Es la nada que llama, la muerte que anuncia, el amor
que despierta, ya que sólo abrazamos lo que queremos salvar de la muerte, lo que su fragilidad,
su temblor, no asusta al amor. Hay un ver donde la observación del otro se hace insoslayable, se
grita. Se grita por no tener voz. El pobre. El pobre no es carencia, manquedad, es revelación. Es
la desnudez que toda satisfacción recubre. Es la existencia desnuda o más aún, en carne viva. En
el pobre el otro lo que pide es no morir, parece anudarse, clamar y reclamar, reclamarnos en él,
manifestar con toda su fuerza, con toda su debilidad. Debilidad impostada y encarnada en el
pobre que me llama, y llamándome me revela y enjuicia sobre lo que debo ser. El pobre es la
vergüenza de mi satisfacción, el destino y juez de mi contingencia y finitud. Su realización será
la subordinación de mi libertad a su necesidad, el sacrificio como paradoja abrazada a su vida. El
sacrificio como condición de posibilidad de la realización de mi ser ético, a través del otro como
pobre, del que lleva marcado en su culpa la carencia que es ser. Se manifiesta en toda su
magnitud el llamado a mi responsabilidad, se manifiesta el límite de mi poder, el límite o la
transfiguración de mi poder en solidaridad, mi yo en tú. El límite en el cual termino, me repliego,
o el límite desde el cual me extiendo, me entrego. En el pobre, por el pobre, soy tocado. Mi
sensibilidad es herida, la herida es tajo, el tajo arde. Todo tajo es siempre un tajo entero, se abre
más allá de la carne en la que se abre, herida que es la apertura por la que salgo de la clausura de
mi yo. El otro, el pobre, me salva, me redime de mi yo. El sacrificio no quita, el sacrificio da, me
libra de mí, me da al otro. En ese salir, en ese éxodo, habita mi más profunda identidad, la
pertenencia a mí mismo en el movimiento de la entrega al otro. Sólo así llego a mí mismo sin
poseerme ni manufacturarme, llego entregándome, llego en mí sin mí. Viaje de ida, don y
llamado de la lejanía, la encarnada en el otro, la sin regreso. En lo viviente, por ser vida, porque
podría no vivir, porque vivimos del mismo préstamo, por su insoslayable finitud que nos convoca
a la reverencia. La reverencia que nos eleva cada vez que nos inclinamos ante el abismo de la
debilidad. La debilidad se opone al poder, lo vence con esa misteriosa fuerza con que el perdón
de la víctima vence al poder del verdugo. La debilidad sacude, despierta un sentimiento, la
solidaridad. Solidaridad no del que tiene hacia quien carece, sino el que reconoce en la carencia
del otro la manifestación de su propia debilidad, la que nos reúne. Somos débiles, esa es nuestra
realidad, y esa misma nuestra responsabilidad, esa nuestra dignidad, la dignidad de nuestra
finitud, no nos necesitamos porque somos débiles: lo somos para necesitarnos, para
trascendernos, para llegar. Otras épocas erigieron la justicia de los dioses, a dios mismo o a la
razón como fundamento ético. Hoy esos valores ya no dispensan vida, ya no parecen tener la
fuerza para valorizar la existencia humana. Nos han guiado en otras épocas, nos trajeron hasta la
nuestra, quizás la más débil. Y en eso, la que puede llegar a ser más humana. Nunca quizás el
hombre se sintió más solo, nunca supo tanto de la necesidad que tiene de sus semejantes. La
época ésta, por esto mismo, que quizás pueda hacer de la debilidad del otro la medida de todas
las cosas. Hacer de esta inconmensurabilidad una nueva verdad. Quizás esta reverencia, esta
piedad, sea la débil, y por débil flexible y abierta, base sobre la que podamos edificar una nueva
ética, la de la debilidad que nos hermana. La debilidad que nos llama a cada uno más allá de uno,
la que nos convoca a todos hacia lo único que nos queda: el otro. La hermandad que nos desarma,
nos abre los puños, nos desnuda las manos. Algo del mundo empieza en mí, algo de ese mismo
mundo termina en mí. Mi falta es faltarle al otro. Lo que hago, lo que omito, nadie lo puede hacer
por mí. Algo del otro depende sólo de mí, omitirlo es ser la deuda de lo que debí ser. Ante mí,
soy mi propia falta. Ante el otro, soy la deuda de lo que debí dar, de lo que no di, y por no
hacerlo no lo fui ni lo seré jamás. El precio es la vulnerabilidad, exponerse, dejarse tocar -que es
dejarse crear-. El premio es librarnos de una piel sin sensibilidad, un pecho sin herida, una vida
sin su hueco. El hueco de cada uno por el otro, la entrada de todos en todos, la celebración de lo
abierto. La transparencia de cada hueco, el transparente abismo de cada uno, que late callado en
lo que algunos llamamos Dios, ese infinito que se abre cuando nos abrimos a la alteridad. Así
es”.
Sobre esto ustedes van a hablar, o preguntar, o comentar. O a callar, que es otra opción.
Pregunta
Yo no hablo de los pobres en la actualidad, no me parece una riqueza. El problema con el
pobre es que cuando deviene una categoría sociológica, entra en el poder. El pobre, en el
Evangelio, es el que no tiene voz, no el que reclama. Entonces, la pobreza pasa por ahí, por
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caminar por la verdad que el otro no cruza. Todo lo demás ya es traerlo al discurso. El pobre está
fuera del discurso, y cuando habla, generalmente pierde, porque compra el diálogo del otro. El
Evangelio no condena la riqueza en sí. Jesús, en el famoso ese que lo va a ver a la noche y que le
da la tumba, hay gente rica. La riqueza evangélica es casi la subjetividad moderna, el ser
suficiencia de sí, que es el criterio de dependencia que es, por antonomasia del pobre, porque el
pobre al no tener depende, al depender sabe que pende de él lo que no es él. Por eso yo trabajo
esa idea de que el pobre somos todos, el hecho de no poder darnos la propia vida. De ahí en
adelante, todo lo demás es don. Cuando lo reconocés como don, o no, y en el don te apropiás, y
eso es ser rico. Ahora, el problema es la clase media.
Pregunta
Es lo que normalmente llamamos Dios. Pensar que Dios es la alteridad sin fundamento,
es el tener que saltar hacia allá. Casi todos nuestros sistemas de relación con Dios –metafísicos,
religiosos, lo que sea- son sistemas de control sobre eso impresionante que parece que fuera Dios.
En todo el Antiguo Testamento, cuando ven un ángel se tiran al piso, porque ni se soportaba un
mensaje de Dios. Ante eso tremendo y fascinante que parece ser eso que hizo todo, nosotros
sacamos algunas constantes. Y para cada época, cada religión, saca diferentes constantes, y eso
es lo que llamamos Dios. Pero eso tendría que ser el simple andamiaje desde el cual saltar, al
menos serviría para saber hacia dónde saltar. Pero Dios es una domesticación, como ser bueno es
una domesticación de ser santo, o una forma de responder al otro.
Sería difícil juzgarnos a nosotros en esta época, primero porque somos contemporáneos y
parte, y segundo, porque en realidad nosotros hemos crecido muchísimo en conciencia ética, no
en obrar éticamente. Pero entonces tampoco sé yo éticamente si es que yo juzgo mi obrar
éticamente desde mi ideal, y otras épocas, porque no tenían esa conciencia del mal, el mal no
aparecía como tal. En realidad, idealmente somos mucho más evolucionados que la historia. Pero
racionalmente, nada más. En lo concreto no sé, porque ahora tenemos un metro que los demás no
tenían. Entonces nos parece que somos los peores porque tenemos las mejores formas de
juzgarnos. Y además estamos en una clausura de medios, o una claustrofobia mediática, en la
cual el único dato es el mal. Entonces vivimos con la ilusión de que prendemos el TV y están
secuestrando a todo el mundo todo el tiempo, todos los días. Nuestro referente es el mal, creo que
desde siempre.
No hay una historia de la bondad, hay una historia del poder. Pero sería difícil juzgarnos,
porque tampoco sé cómo se juzgaban otras épocas a sí mismas. Quizás una característica de la
modernidad sea la tendencia crítica que tenemos, y también eso nos puede hacer pensar que
somos los peores de todos, o los mejores de todos. Pero pocas épocas se miraron a sí como la
nuestra. Nosotros estamos todo el tiempo juzgando y calificándonos. Levinas tiene una frase
maravillosa. Dice “la pregunta por el mal es la demora del bien”.
En estos dos paradigmas, del rico y del pobre, la clase media es quizás la que más
carezca de identidad, y por lo tanto viva más de prestado, y eso casi le haga decir que es lo peor
de la caricatura de los de arriba y el miedo y a veces el desprecio a lo de abajo.
Obviamente, hay otras formas de ejercicio del poder. Cuando uno dice “poder” habla de
lo que conoce, y lo que conoce es un poder de opresión, más o menos negociado, votado, etc.
Pero un poder de dominación y no de servicio. El planteo grave, para mí, es si el hombre a esta
altura del desarrollo de todo -de un hogar a un país, o a un mundo-, si el hombre no está
manejando ya más poder que la capacidad de poder que tiene de manejar el poder.
A nadie se le ocurriría cargar una bolsa de 500 kilos en las espaldas, porque es aplastado.
Sin embargo, nosotros hemos generado un mundo en el cual, más allá de que nos guste o no nos
guste, se levanta a la mañana y tiene un mundo entero a resolver. Ningún ser puede hacer eso ya.
Todos experimentamos como nuestra propia vida eso, viendo cómo se nos escapa de las manos, y
es arrastrado o por trámites o por záppings.
Yo creo que hemos desarrollado una complejidad tal que el poder ya no es administrable.
O en todo caso habría que hacer 1000 divisiones, y no tres poderes, por el hecho de la proporción
humana, o sea, de la capacidad de poder que tiene uno. Nos damos cuenta de cómo la memoria
está siendo barrida. Yo no tengo edad para no tener memoria, pero me rodeo de gente que ya no
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se acuerda de nada. El otro día con un pibe de 23 años estuvimos media hora acomodando qué
películas había visto hacía dos meses. O sea, el exceso de información, todo está en exceso. El
problema del poder es ése, que yo creo que estamos manejando más poder de la capacidad que
tiene el ser humano como criatura de administrar el poder.
Cuando no se puede administrar el poder, entonces se lo impone. O se es Bush. Pero,
para mí, el gran problema del poder, incluso del posible buen uso, es que el posible buen uso no
alcanzaría para mover esta gigantomaquia de mundo que hemos generado. O incluso vidas
particulares. Para mí es un callejón sin salida el problema del poder. Que es un callejón de salidas
de tantas áreas, el desorbitarse de la proporción humana. Después de todo, el gran pecado de los
griegos, el primer pecado de los griegos -que ellos no llaman pecado- y pasa a ser el del Paraíso
en la tradición judeo-cristiana, es la hybris, la desmesura, el haberse salido de la proporción
humana. O sea, el buscar el exceso, maravillosamente trabajado en El Ciudadano de Orson
Welles, cuando va desdibujando la proporción entre lo humano y la posesión.
Entonces, también hay que ver que hay épocas en las que toca vivir sin respuestas. No
tengo una respuesta para todo. Tal vez nos toque atravesar eso, o como dice Dostoievsky, que el
mundo no se termine con una catástrofe sino con un bostezo, y volvamos a cierta proporción
humana. Hay muchas cosas para las que no tenemos solución, y hay que vivirlas, como la propia
vida. Después, otras épocas solucionarán eso y harán agujeros por otros lados. El ser humano no
arregla todo en cada época. Muy de vez en cuando, y es lo que llamamos una época clásica,
donde había cierta proporción entre los componentes de una cultura. No es nuestro caso.
Todas las culturas tuvieron, como gran presencia, a la muerte. Y que para nosotros nos
suena muy psicoanalizado, como necrofilia, tuvo que venir Heidegger y escribir El ser hacia la
muerte, y todos los intelectuales dijimos “¡qué inteligente!”. Toda la vida, es típico en los
monasterios, en la mesa de la comida había una calavera. Pero era la conciencia de proporción,
precisamente. O sea, conciencia de finitud, de saber qué vas a emprender dentro de la proporción
humana. El problema es que cuando el poder se vuelve ideología, también de alguna forma sutura
los posibles cuestionamientos. No es casual que nuestra cultura contemporánea hace unos años
sacó el mantel que cubría el sexo, pero puso ese mantel sobre la muerte. Y nosotros no nos
morimos más, hace rato. Es muy rápido, no hay tiempo de percatarnos, no hay presencia de
muerte. Hay parques en vez de cementerios, hay coches que pasan en vez de carruajes. O sea, la
muerte desapareció. Se acepta como un dato, pero no tiene la incidencia de generar conciencia.
Así que eso también está. Tenemos la sensación conciente de que es un problema solucionado. O
sea, todavía la ciencia no llegó a eso, pero ya falta poco.
A un amigo se le murió la madre, que era viejísima. Entonces, cuando la velan, me dice
el nieto que tendría 16 años: “yo no puedo creer que algo tan grandioso como la muerte le pasó a
alguien tan común como mi abuela”. Pero lo impresionante era la percepción de este pibe, de que
realmente no es común la muerte. Solamente ante esa grandeza es impresionante lo demás que
nos va a pasar en proporción. Pero eso está obturado ahora. Yo diría que es ir trascendiendo la
muerte. Porque yo doy vida haciendo ser al otro. Yo no diría que “dejo algo de mí” porque
parecería que estoy sacando cuentas. En realidad, yo me olvido, del dolor del otro uno no hace
cuentas. O sí, pero no tendría que hacer cuentas. Es decir, el otro me rescata del hacer cuentas.
Precisamente yo creo que el buscar dar vida es la generosidad de la vida, es el plus que va a
quedar a pesar de mi desaparecer. Creo que ahí está la apuesta de la verdadera vida, la
fecundidad, en aquello que yo no voy a recoger, en aquello que es en el otro. En ese sentido me
libra de la muerte. No de la muerte física, pero esa muerte física se vuelve otra cosa.
En general, el otro desaparecido lo sufrimos nosotros, pero es una configuración humana.
Es Antígona. Ese planteo ha estado siempre, el famoso “dar sepultura”. Yo no creo que eso tenga
que ver con nuestra configuración de la muerte porque la configuración de la muerte es un
estadio por el que está pasando Occidente, más allá de nuestro trauma particular que es esa
asociación. Pero de nuevo, como ante todo abismo, como fue eso, se puede ser Antígona, o se
puede ser la hermana y quedarse en casa. El planteo es qué hacemos con eso. Eso puede
generarnos un mayor enfrentamiento a la muerte, y no necesariamente un sacarle el cuerpo.
Con respecto a lo que dije primero, de la responsabilidad como una opción. Yo creo que
el planteo estaría en qué es ser hombre. Yo creo que responder es lo más prístino que tenemos. O
sea, así como pienso que escuchar es anterior a hablar, que cuando nacimos no hablábamos sino
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que escuchábamos, y por eso terminamos hablando, ser responsable, para mí es anterior de ser
libre. O sea, la libertad siempre está en función de, o se concreta o es un vacío. En realidad, en la
configuración que tenemos, en la cual tenemos que incluir, llámese con el discurso que se llame,
el pecado, o sea esa perseverancia en defender al propio ser, ese repliegue, en esa constitución
creo que la libertad es llegar a ser libre de mí para poder estar disponible a la respuesta. Creo que
es innato quizás -casi ideológico yo diría-, esa idea de que yo respondo por, de que yo soy por el
otro. Si el otro aparece como necesidad, porque esa es la finitud, entonces, responder es la
necesidad de mi ser ante un mundo necesitado.
En cuanto a qué hacemos con los pobres, no sé, lo mío es tratar de sensibilizar, después
cada uno responderá. Esa es la respuesta personal de cada uno. No soy de los grandes planteos
tipo recetarios.
En la religión oriental el otro se tiene que hacer cargo de su karma, en todo caso. Si yo
ayudo al otro es para borrar mi karma. No voy a entrar en eso. Más estoy hablando del judaísmo
y la tradición judía, lejos de lo oriental. Y la tradición milenaria nuestra no es tal. En la
modernidad es la primera vez que el sujeto se reconoce en sí mismo. En la antigüedad el hombre
era parte de la Phycis, estaba en la Naturaleza como Naturaleza, no tenía esa interioridad de la cual
separarse. En el Medioevo, el hombre era hijo de Dios, no era criatura en sí. El hombre siempre,
hasta la Modernidad –que no hace tanto-, se reconoció como parte de. Recién con la modernidad el
hombre parte de sí. Pero antes estaba en. El famoso que quiere recuperar Heidegger con el “volver
al ahí”. Pero no es milenario en absoluto, es algo muy cortito esa idea de que el sujeto se
fundamenta en sí mismo y desde sí mismo percibe. O sea, toda la historia del hombre hasta
Descartes, el hombre es parte de, el hombre se asombra ante la realidad. Recién con Descartes el
hombre, en vez de asombrarse, empieza a dudar ante la realidad, y con eso tiene que ser él el que,
de alguna forma, la crea. Configura mentalmente una realidad. Pero milenario en absoluto, es un
lapso muy chiquito en el cual nosotros nacimos, que el hombre se está concibiendo como nos
concebimos nosotros. Y es contra de toda la tradición occidental.
Ganar es el premio del poder. El planteo es si no habría otra cosa que el poder no sabe. El
poder es cuando todos los planteos los hacemos desde que como resultado tenemos, además, que
ganar. Hay una película que se dio hace no mucho, que se llamaba “La estrategia del caracol”. Es
un documental ficcionado, y es un periodista que hace notas a gente que vive en una casa tomada
durante cuatro años, y los iban a desalojar, y uno se hace el enfermo, y hay una parturienta, y
toda esta burocracia de resistencia. Hasta que finalmente, ya no saben qué hacer, y viene el juez y
los saca de la casa. Entonces, y ahí termina la película, el periodista le dice a uno de los
inquilinos que estaba hablando: “Pero ustedes sabían que los iban a echar. ¿Por qué hicieron todo
esto?”. El otro le contesta: “Por dignidad”. Ahí termina la película. Por ahí lo que uno está
jugando es otra cosa. Si juega a ganar, también está jugando otra cosa. Por ahí ganar es también
perder, no sé. Cuando uno juega al ajedrez con un maestro, a mí me tocó jugar y me llevó quince
segundos perder, pero es la mejor partida que jugué. Cuando le gano a un tarado ¿qué gano?
Yo creo que nadie conoce a nadie. Somos algunas señas, y precisamente el amor implica
una relación con el desconocido, pero que se cree en ese desconocimiento. Nosotros tenemos esa
idea de fusión y de igualdad de amor, y sin embargo el amor es algo terrible. El amor es terminar
dándose cuenta de la absoluta unicidad. Primero, el amor lo padecemos, no lo elegimos; ya eso es
muy loco. Podemos elegir el sí o el no a lo que padecemos, pero nadie dice “hoy salgo y me voy
a enamorar”, sino que de repente sale y se enamora. Puede decir que sí o que no, eso es lo que
podemos hacer. Después lo hacemos, y hacemos la primera singularización de un alguien. Y el
amor cumplido, aceptar el singular al otro, que me muestra que es absolutamente extraño a mí.
Lo que pasa es que como no ejerzo poder, no necesito saber para controlar, entonces me entrego.
Pero en el desconocimiento.
El otro día, en una clase maravillosa, alguien decía “demasiado saber también es
mentira”. Demasiado conocer es que lo racionalicé al otro. Pero yo creo que nadie busca ser
conocido. Lo que busca es ser respetado como misterio.
Además, tampoco hay que separar realidad de ilusión. Eso es un prejuicio de los
racionalistas. Nosotros somos ilusión. Si nosotros jamás coincidimos el estar con el ser. Estamos
siempre proyectando, o soñando, y hay una desvalorización de eso, sin embargo eso es lo que
somos. De la suma de los errores, las ilusiones, las ensoñaciones, los sueños, etc., todo eso es el
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clima anímico dentro del cual decidimos. Por lo tanto las decisiones están más hechas de todo
esto que de la causa y efecto, o del problema de identidad o del tercero o factor excluido, como
pensaría para tomar una decisión racional. Nosotros somos eso, hay un cierto encantamiento de la
realidad. Porque eso es ser hombre también, encantar la realidad.
Ahora, otro planteo drástico también sería que la mayoría de los matrimonios se tendrían
que separar, que sería otra opción. Quizá sería un criterio de realismo. Pero también llevarlo al
análisis solamente… Cuando, por ejemplo, alguien me dice respecto de un amigo, yo digo “no
sé, es mi amigo”; no lo pienso. Cuando lo pienso es cuando ya empecé a objetivarlo, ya ahora
tiene que empezar a rendirme cuentas de su realidad, y ahí sí es otra cosa.
Si yo me veo en el otro, estoy negando al otro, si el otro es mi diferencia. No es yo verme
en el otro, sino ver al otro. Eso es lo primero. Y la libertad es posterior, o sea, el hombre no es
libre. El hombre es responsabilidad, y la libertad es el uso de liberarme a mí de mi propio
repliegue para estar disponible al otro. Pero la realidad es libertad de mí para el otro. El hombre
tiene algo biológico, que es una predisposición a preservar su propio ser. O sea, biológicamente
todo viene hacia nosotros. La comida viene y me hace a mí. Ahora, espiritualmente,
psíquicamente, o como quieran llamarlo, es al revés: yo no me sostengo trayendo sino me
despliego llevando. Entonces tengo que romper esa identificación de mí mismo con mi biología,
y dar el salto humano, que es el poder llevar en vez de traer.
P: En lo que leíste, incluso en las tres citas bíblicas que mencionaste, hay un tema de
cierta soledad, o cierto vacío, o cierto lugar de pensamiento donde hay un vínculo de la pregunta
ética, donde no hay elementos que modifiquen esa respuesta. En el mundo actual, de la vida
moderna, donde hay una interactividad absoluta, donde uno no es sólo uno y tampoco puede ver
al otro sino en relación con la infinidad de cosas que se interrelacionan ¿Cómo se puede pensar
eso? Porque desaparece esta soledad, o este vínculo…
Bueno, en Caín y Abel recién inauguraban el mundo, si se quiere. Pero en la tercera,
donde aparece todo el planteo del tercero, el que es responsable de aquel que se ha sentado a su
puerta y el rico no lo veía, etc., ya es un mundo social. Yo creo que es lo mismo en un mundo
social. El planteo básico me parece que consiste en aclarar en qué consiste el acto ético. Después
aparece el tercero y la justicia. Pero para que el tercero y la justicia, o sea, la ética
institucionalizada o racionalizada sea vida y no deber, hay que recuperar constantemente el cara a
cara. Porque sin el cara a cara yo le doy limosna a un pobre sin mirarlo a los ojos. Mirándole a
los ojos estoy haciendo un acto personal y no un trámite caritativo.
P: El hecho de hacer eso ¿es para descargar culpa?
Ah, eso se lo pregunte cada uno. No sé, eso es personal, puede ser una cosa o la otra, no
se puede generalizar. De todas maneras, el que recibe el cheque generalmente no se hace el lujo
de tantas preguntas. Desde uno, no sé, porque yo no sé todo.
Nosotros vivimos en una ilusión de creer que estamos entendiendo la realidad. Piensen
que del 99,999… % de la existencia humana, nosotros no tenemos noción. Nosotros nos
movemos de Susana Jiménez al vecino, nuestra familia, y a todo lo que los medios nos dicen que
está pasando en la existencia, que siempre el parecer es poder. Yo no tengo idea de por dónde
está pasando la vida en este momento. Nosotros vivimos en una ilusión de hablar eso que se
llama “la gente”. Piensen que en este momento somos eso que se llama “contemporáneos” de
una choza en Somalía. La familia Bush, mi mamá, etc., qué sé yo, somos contemporáneos de
mundos remotísimos. Después de haber estado varios meses en la India a veces me acuerdo y
pienso “eso sigue”, como que siempre iba a estar esa sensación de que yo me iba, y atrás
quedaba eso que es un infinito, para bien o para mal. Pero cada tanto yo necesito hacer esa
constatación de que eso sigue. Porque nosotros tenemos la ilusión de saber qué está pasando.
Como muchos pensamos que sabemos lo que está pasando en la política, por ejemplo.
Cuando uno va a otro continente, como cuando uno está en Oriente, yo me enteré de la
existencia de países. Cuando estaba en no sé donde apareció la guerra en Chechenia, y me enteré
de que existía Chechenia, porque si no hay masacres no nos enteramos de nada. Y no soy tan
desfasado, soy más o menos una persona enterada. Nosotros vivimos en esa ilusión de eso que
todo el “mundo dice que”. Yo no sé si no está pasando la vida por el bien. Porque hay algo muy
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curioso, que es que el paraíso nunca existió, pero de todas maneras el hombre siempre creó
paraísos. No existió, pero kafkianamente nos sentimos responsables de haberlo perdido. O sea, de
alguna manera el bien es innato en nosotros. Tan es así que no tenemos registro del bien. Porque
yo voy por la calle y no digo “qué bárbaro, no nos matamos unos a otros”. Pero ¿por qué no nos
podríamos matar también? O sea, nosotros no tenemos registro del bien. Tenemos registro de eso
que altera y contradice a eso que damos por descontado. Entonces siempre estamos contando el
mal.
Así que, de nuevo, yo no sé por dónde está pasando la existencia, si necesariamente está
pasando por el mal, o si está “ganando” el mal, como se dice. Yo recuerdo que hace unos años,
estaba el menemismo. Cuando ya todo eso se venía abajo, estaba en unas reuniones de
comunidades de base, estábamos los de todas las provincias hablando de “la crisis de la
esperanza” Uno del interior nos dijo a los de Buenos Aires: “no es crisis de esperanza, ustedes la
tienen porque la pusieron en el banquete del consumo. Pero nosotros nunca nos hicimos ilusiones
con eso”. Ahora, desde acá nos sentíamos que éramos los portavoces de lo que estaba pasando en
la Argentina. Entonces, yo creo que así nos pasa con creer que estamos entendiendo la realidad.
Y estamos entendiendo ese pedacito de la realidad que es público. Pero, de nuevo, para mí la vida
pasa por los pequeños gestos que uno no sacaría una foto. Se trata de dónde uno pone el cuerpo,
y como decíamos antes, si no se trata de ganar. Los demás te dicen dónde hay que poner el
cuerpo.
Pregunta: ¿En la ciencia pasa lo mismo, que no tenemos registro del bien?
En la ciencia, en general, tenemos registro de las dos cosas, porque tenemos registro de
las catástrofes, de la ciencia como armamento. Pero también tenemos registro de la ciencia como
medicina. Tenemos los dos. Yo no soy tan optimista, porque en esto que decía de que no tenemos
poder de nuestro propio poder, también el hecho de que la ciencia cada vez más dependa de
estructuras gigantescas para desarrollarse, o sea que si un señor quiere hacer una vacuna ya vino
un súper-laboratorio y le puso una oficina y veinte encargados… cada vez más el poder
condiciona la aparición de algo, dentro de ese marco de poder. O sea, dentro de esa utilidad. Ese
es para mí el peligro, que ya nadie sin poder… ya no es más el científico con la cubeta en su casa
o en su laboratorio. Ahora todo es de tal complejidad también en eso, que en seguida sos
fagocitado por aquel que quiere uso de lo tuyo. Y el uso, en general, es como mayor bondad,
comercial.
La subjetividad heideggeriana es la subjetivación. O sea, no es el sujeto sino que es la
gotita del ser y no el ser mismo. El hombre no se fundamenta tanto en sí, sino que es fundado por
un ser del cual uno mismo es la expresión de eso. Dentro de la libertad, de poder decir que sí o
que no, de poder escuchar, de responder al llamado o no responder, etc., pero dentro de una
subjetividad que no se sostiene sobre sí sino que es una apertura de recepción, que para mí eso es
la existencia. Piensen que cuando nacimos y tuvimos la primera conciencia, si tuviéramos
memoria de niño, la primera conciencia de nosotros es recibirnos. O sea, no éramos incluirnos,
uno era y estaba. Entonces, es recuperar constantemente esa idea de que estamos siempre siendo
fundamentados, y que nosotros somos el diálogo con esa fundamentación. El llevarlo a la
presencia, o el repetir y ahogarlo. Lo de Heidegger pasa por ahí.
Yo creo que llega un momento en la vida en que uno tiene que deconstruir el discurso
que heredó. Quizás después lo hace propio. Es un poco lo de los padres. Hay un momento en que
hay que negarlos, porque quitan el aire. Después se los puede recuperar o no, no necesariamente.
Pero se crece por rupturas, no por continuidad. Justamente las rupturas son los espacios donde la
novedad puede aparecer. Ese que tiene una vida lineal, como solían ser las vidas clásicas, nunca
tuvo el espacio para la novedad del cambio. Entonces, creo que hay que deconstruir el discurso.
Lo que hay que saber es, después, recuperar lo recuperable; y no entrar en la negación por la
negación. O lo que suele ser seguir dependiendo, seguir dialogando con el discurso pero
puteándolo. Pero lo instaurás vos, le seguís dando el ser. También hay que tener en cuenta que a
veces puede ser que uno siga atrapado en contra, pero de lo mismo.
Pareciera que uno necesita del obstáculo, para tener donde rebotar. El hecho es si la
diferencia es enemiga, o si es cuestionante. O si hay otro, si hay una amenaza para mí, o si es la
posibilidad de mi extensión. Pasa por la comprensión del otro. Nosotros nos movimos, desde que
el hombre es hombre hasta hace muy poco –hará unos 70 años- con lo único que yo creo que
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más o menos cambió radicalmente, que era con el parámetro de lo Uno. O sea, había un ser,
había un Dios, había una Historia, todo era Uno. Se trataba de quién se apropiaba de ese Uno, y
decía “ese Uno soy yo”. Era el ser y sus leyes. Cuando aparece el devenir, el movimiento, parece
que se rompe el Uno. El Uno no puede sostener algo que empieza a moverse, y en esa movilidad,
a mostrar su multiplicidad. Que había tantas historias como historias contadas, que no íbamos
hacia algún lado. Se rompe esa ingenuidad de una línea recta en la cual al final nos está
esperando alguien con todos los bienes terrenales. Esa Idea de que todo iba hacia Un lugar y que
todos íbamos, se trataba de quien estaba más adelante o más atrás, si era primero o tercero… O
sea, se rompe el parámetro de lo Uno. Y todavía no sabemos qué hacer con eso. Sobre todo, no
tenemos categorías mentales que puedan pensar el movimiento. Nuestras categorías mentales, la
lógica, están hechas para pensar lo inmóvil: “A=A”, no que sea otra cosa que “A”. Y por eso el
tercero tiene que ser excluido. O sea, lo liquidamos porque contradice la identidad.
El planteo ahora es el de la multiplicidad, que es incluso física. O sea, ya nada, esa
famosa palabra fascista de “pureza” no existe, ya nada es puro, en ningún lado hay pureza de
nada, todo está mezclado. Yo creo que estamos en una fase de miedo al otro. Hace unos meses
hablaba con un profesor de La Sorbona de París, que me decía que la madre es muy viejita, y
vive en un barrio árabe. Y que la madre tiene amigas árabes, porque la casa de ella estaba
rodeada por árabes, y se llevan bárbaro. Pero que no sabía la calle porque le da miedo ver
carteles escritos en árabe. Es muy loco, porque es como que lo humano no fuera problema, pero
realmente en el sentir yo entiendo a esa vieja que sale a la calle y no puede leer más. O sea,
vivimos todavía con ese miedo de que estamos siendo invadidos por la diferencia. Y nosotros, a
su vez, invadimos otros terrenos. Yo creo que en este momento el gran miedo es ese, que hemos
roto lo que anteriormente nos protegía, de alguna forma. Incluso ya casi no quedan lenguajes
físicos, están en constante transformación, se mezclan. Vivimos una cosa que a mí me parece
normal que nos asuste. Pero bueno, nos llevará un tiempo ese aprendizaje.
Hoy vivimos en épocas de invasiones. Los mapas cambian todo el tiempo, hay más
movilidad que en ninguna otra época –legales, ilegales-, todo el mundo está migrando, el pan
siempre pareciera estar en otro lado.
“Resistencia” no es una palabra que me guste, porque al decir “resistir” ponés al otro
como real. Yo creo que uno tiene que generar algo que no sea en relación a resistirme al otro,
porque entonces de nuevo sigo dependiendo del otro. Es como la palabra “refugio” que implica
que el otro es lo real, y yo me refugio de lo real en tal cosa. Yo creo que uno tiene que abrir otros
espacios, y donde se abre un nuevo espacio se relativiza todo lo que rodea. Pero como creación,
como novedad. Entonces uno instaura nuevos mundos que pueden ser habitados. Pero la
resistencia sigue siendo con lo viejo. O sea, la libertad se crea. Si uno se pregunta qué es posible,
es lo posible dentro de lo mismo, sería una modificación y no un nacimiento. Pero creo que lo
que hay que hacer es generar una novedad, y ahí la novedad muestra lo viejo de lo antiguo. Yo
daría por terminado aquí.

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