lunes, agosto 08, 2005

¿TAN SÓLO UN MALESTAR?

Lic. Ps. Jorge Larroca*

En toda cultura conviven grupos diferenciados, cuyas identidades sociales se construyen en torno a diversas variables vinculadas con su historia, sus características étnicas, generacionales, de clase, de género o de costumbres.

Toda cultura establece ideales y promueve a los individuos sociales que la componen a adherir a ellos apareciendo como un objeto maravilloso que captura la energía libidinal de sus integrantes y construye un vínculo social incuestionable.

Toda cultura supone un "nosotros" que constituye la base de las identidades sociales. Éstas se fundan en los códigos compartidos, en las formas simbólicas que permiten apreciar, reconocer, nominar y diferenciar.

La identidad social, de la misma manera que la individual, opera por diferencia, todo "nosotros" supone un "otros", en función de rasgos, percepciones, códigos y sensibilidades compartidas y una memoria colectiva común.

Aceptar que existen diferencias, reconocerlas, señalarlas y describirlas no implica discriminar ¿narcisismo de la pequeña o de la gran diferencia?

La resistencia a la vincularidad no consiste en señalar las diferencias sino en adjudicarles, generalmente a priori, una carga negativa que puede expresarse en actitudes de desprecio o rechazo, agresiones físicas o limitación de derechos.

La resistencia a la vincularidad y la discriminación no residen en el señalamiento o en la clasificación de las diferencias sino en la negación del derecho a ser diferente y, además, en colocar la diversidad, que se observa en los grupos humanos, dentro de escalas sociales jerarquizadas.

La otredad, es decir, la condición de "otro", es condición normal de la convivencia social y la base de toda identidad colectiva que es, sobre todo, relacional e intersubjetiva. Pero el grado de extrañeza que se adjudica, la carga afectiva y la actitud apreciativa con que nos relacionamos con la "otredad social" en general y con determinados "otros" en particular varía la distancia que nos separa del otro.


IDENTIDAD Y SUBJETIVIDAD_

Subjetividad e identidad son dos instancias indisolublemente articuladas, producto de un momento histórico determinado, de una situación de clase particular y por lo tanto de la configuración de un sistema de dominación social específico que está operando en su base. Las subjetividades expresan esos modos de dominación: en las huellas que hacen carne, en las marcas de la palabra, en el cuerpo y en el nombre, en los relatos del sí mismo con los que se construyen identidades.

La subjetividad, como dimensión constitutiva de la experiencia histórica, es la modalidad en la que los individuos sociales actores de una cultura en proceso, cuando portan las macroestructuras por las que son portados, se hacen cargo de ellas, se posicionan desde aquí en el espacio social, en tanto que sujetos psíquicos, elaborando su identidad y sus proyectos, y la historia de la que forman parte, el lugar que les corresponde y los modos de agrupamiento y de definición de las fronteras por las que separan el "nosotros" de los "otros".

Las identidades son conjuntos de narraciones heredadas, inscriptas en la memoria, en el cuerpo y también programas activos que se expresan en la forma del discurso o de la acción. Estos relatos que no terminan de contarse y de recontarse son los sucesivos posicionamientos a través de los cuales los sujetos se inscriben y se reconocen entre sí como miembros de una tradición, de un grupo, de un lugar, de un género y de un sector social.

La identidad es un proceso de construcción de un sí mismo en un nosotros y viceversa, de esa posición mítica en la que el sujeto se reconoce como parte de un grupo que siempre supone una frontera donde comienza la diversidad, el no grupo, el ellos, los “otros”, con los que se resume por vía negativa el proceso identitario.


EL CONTEXTO_

En el Uruguay los índices de educación hablan de una sociedad con alto desarrollo, donde el analfabetismo se reduce al 3% de la población, con escolarización obligatoria desde los cuatro años, hasta la culminación del noveno año, denominado ciclo básico, lo cual totaliza once años de escolarización hasta los quince años de edad. El 53% de la población completó el ciclo primario y el 20% el ciclo secundario.

La educación es gratuita en el sector público, hasta culminar las carreras universitarias. En Montevideo, la tasa neta de escolaridad, sobre el porcentaje de jóvenes de 20 a 24 años es del 24% en el nivel terciario.

Sin embargo, diversas investigaciones muestran que entre los 14 y los 17 años se produce un importante punto de inflexión en la vida de los jóvenes montevideanos: la mayoría de ellos abandonan los estudios e ingresan al mercado laboral; el 70% a los 16 años ya ha trabajado por primera vez.

Si nos atenemos a lo investigado por nosotros, y que va en la misma dirección de otros estudios, las condiciones de ese ingreso son de inseguridad e inestabilidad para un alto porcentaje de esos jóvenes que cuentan con una mínima educación formal y casi un 50% de ellos no participó en ningún curso de educación no formal.

Así, las dificultades de acceso a un empleo seguro por parte de los varones hará que, al momento de formar pareja, estos necesiten de la colaboración de la mujer para aumentar los recursos. Pero unas mujeres sin formación serían unas cónyuges demasiado caras para unos esposos insolventes.

Dificultades para acceder a un empleo seguro y obtener un salario suficiente hacen difícil acceder a una vivienda autónoma y en "Situación de Amparo". ¿Cómo se resuelve esta situación al momento de formar pareja y organizar una convivencia?


HABITACIÓN Y SUBJETIVIDAD_

Todo conjunto familiar ocupa un espacio de características variables, estable o inestable, grande o pequeño, y al hacerlo lo habita. El mismo está sobredeterminado por variables económicas, demográficas, sociales y psicológicas y, si bien al habitarlo la familia reside, se aloja, al convivir con lo habitado se dilatan sus horizontes.

El lugar en que está radicada una familia probablemente determine la escuela a la que concurran los niños, los comercios en que hagan las compras, los compañeros de grupos, o sea, fija el medio social en que la familia reproduce las pautas culturales propias de ese medio y produce las propias.

También toda la vida cotidiana de una familia se verá afectada por el diseño de su vivienda. Cada familia concibe su espacio de manera diferente y se pueden considerar lugares comunes, lugares particulares y hasta lugares íntimos definidos por el sistema de relaciones que, con frecuencia de manera inconsciente, los liga.

En los últimos años en nuestro país, entre los diversos actores sociales vinculados a la problemática de la llamada "vivienda de interés social", se dió una creciente importancia a los factores asociados con la subjetividad en el éxito o fracaso de todo programa tendiente a resolver la problemática habitacional de un colectivo.

La posibilidad de acercarse al singular funcionamiento de casi 900 familias de la ciudad de Montevideo, habitantes de complejos habitacionales construidos mediante la modalidad de la "ayuda mutua", así como a otras modalidades de gestión urbana como lo son los llamados "asentamientos precarios" o "irregulares", permitió lograr una aproximación crítica a los modos convencionales de organización y distribución de los espacios en viviendas y barrios de nuestra ciudad.

El trabajo físico y psíquico que demanda sostener niveles suficientes de afiliación y pertenencia a una institución de las características de una cooperativa y de "ayuda mutua", en relación con los procesos de identificación y de identidad, en una cultura donde ser propietario de una vivienda es una institución en sí misma, plantea una problemática de salud social asociada a ésta forma de convivencia.

Todo ello afecta no sólo la macrocotidianeidad del colectivo social en que está incluida la "cooperativa" o el "asentamiento", sino también la microcotidianeidad de las familias que lo componen.

Como parte de esta lucha por la apropiación del espacio urbano, procuramos develar de qué manera la modalidad de habitación cooperativa por "ayuda mutua" y la producida como resultado de la "ocupación" de terrenos configuran estrategias habitacionales para algunos sectores populares.

El grado de satisfacción y calidad de vida logrados por los usuarios, no están sólo determinados por las características físicas de la estructura arquitectónica, también lo están por la modalidad y el grado de apropiación, y por la capacidad de ajuste de las posibilidades reales a las expectativas y valores del colectivo.



LOS "OCUPANTES"_


Los "asentamientos irregulares" son esa otra modalidad habitacional que, como fenómeno social, se viene desarrollando en nuestro país desde hace unos quince años y que puso en marcha un proceso de subjetivación cuyas consecuencias nos son desconocidas.

Resultante de la progresiva exclusión social de determinados niveles socioeconómicos debido al desempleo o al subempleo, generó la búsqueda de soluciones al problema de vivienda por la ocupación de un terreno público o privado.

La opción de ocupar un terreno (que no es optar por una cooperativa), construir allí una vivienda y sostener esas acciones en la práctica cotidiana, demanda para el sujeto que la realiza un importante trabajo psíquico en la resolución de la herida narcisista y el duelo provocado por la pérdida del lugar social anterior e iniciar el proceso de investir el nuevo lugar.

La existencia de un movimiento para obtener la vivienda a través de la ocupación de terrenos, da cuenta también de una integración de esta práctica a la cultura como fenómeno institucional en el margen. El "asentamiento" se emplaza a modo de institución y se ofrece entonces a estos individuos sociales como opción de vida en la que el grupo pasa a jugar un rol productor de subjetividades en los nuevos valores así instituidos.

Es de destacar, como primer resultado de esta aproximación, que este fenómeno social comparte algunas características similares a las que investigamos en los complejos cooperativos y que ponen de manifiesto diversas estrategias que apelan a una amplia gama de recursos para adaptarse a la nueva situación.

Así mismo, y como resultado del proceso de exclusión social que parece estar en la base de esta modalidad de gestionar la ciudad y habitarla; cuando la inserción activa en la red social se ve afectada con la consiguiente ruptura del lazo social, se produce un progresivo proceso de desafiliación que debilita la previa pertenencia con las consiguientes consecuencias sociales y psíquicas que hacen necesaria la constitución de una nueva identidad.


PERTENENCIA E IDENTIDAD_

El rótulo de "ocupante" abarca en un solo término, a estos ciudadanos dispersos y anónimos que se han apropiado silenciosamente de terrenos ociosos a lo largo de estos últimos 15 años en nuestro país.

Esta alternativa habitacional de los sectores populares tiene actualmente un peso significativo dentro del paisaje urbano de la Capital de nuestro país donde más de 150.000 personas de todas las edades gestionan la ciudad según este modelo de habitación.

El contenido que se asigna al término "ocupante" dista de ser neutro, en tanto la imagen social hegemónica los asocia con actos delictivos. En ese contexto, se les atribuye determinados atributos fijos: se trata de individuos fuera de la ley, que transforman su vivienda en la base de sus actividades ilegales o clandestinas. Se pretende homogeneizar, se intenta unir a todos en un mismo destino y en torno a intereses idénticos.

Esta categoría de "ocupantes", que se encuentra constituida a priori por sectores sociales con diversos intereses, se encuentra naturalizada como si se tratara de una realidad dada, homogénea, deducible de determinadas condiciones materiales de vida.

¿Es posible hablar de una identidad social de los "ocupantes"? La calificación externa que define ciertos atributos como distintivos de ellos no resulta suficiente argumento.

Estos esquemas clasificatorios tienen el poder de hacer ver y creer, organizando el mundo a través de diversos principios de visión y división. La imposición de esta definición como legítima crea, además, conflictos que delimitan permanentemente nuevos trazados de "otros-nosotros", dónde los ocupantes no sólo disputan el nombre con que se los designa sino también los sentidos que le vienen asociados.

Contrariamente a otros habitantes precarios que se han ido apropiando los rótulos estigmatizantes con los que son nombrados por la sociedad -"hurgador", "informal"-, resignificándolos en términos reivindicativos, los "ocupantes" no se denominan a sí mismos de tal manera. O, en todo caso, se apropian del término pero lo usan de un modo distinto a aquel proveniente de los "otros".

Desde sus percepciones, ellos no son "ocupantes", sino que están ocupando: el hecho de habitar "provisoriamente" ese terreno inviste una situación de ilegalidad, y no ellos, que en última instancia son una suerte de "trabajadores caídos en desgracia", de ciudadanos pauperizados. Por lo que ellos no serían casi "ocupantes": se trata más de una fatalidad, una mala jugada del destino que va a revertirse.

Estas identidades más cotizadas socialmente que la de "ser un intruso" se representan en pos de un determinado interlocutor que les impone un modo de ser asociado a la ilegalidad, ya sea el Estado, algunos medios de comunicación, o los vecinos de clase media con los que comparte el espacio barrial en disputa. A través de la puesta en práctica de este sentido del juego, el ocupante disputa un lugar social más favorable, mostrándose ante la sociedad con diferentes caras de sí mismos.

Se construye de esta manera una gama de distinciones que compone un intrincado sistema de clasificación interno de los habitantes de terrenos ocupados. Estas sutilezas discursivas se combinan, a su vez, con diversas estrategias materiales dirigidas a lograr una mayor permanencia en la casa, o a borrar las huellas que los desprestigiarían socialmente.

Por un lado, dichas estrategias se expresan en el arreglo de la fachada de la casa, el pago de los impuestos, o la aspiración de convertirse en inquilinos municipales o del gobierno, lo que les permitiría acceder -desde la percepción de este grupo de ocupantes- a una mayor legalidad social.

Lo que observamos en el asentamiento en la actualidad, es una pérdida de la original homogeneidad identificatoria que caracterizó una primera etapa dando lugar a que el espacio se territorialice de manera más heterogénea, en lugares que se definen más por las estrategias familiares que aplica cada núcleo que por la identidad colectiva. Hay una apertura a que cada familia comience a imponer sus propios valores lo que puede llevar a conflictos interfamiliares.

Lo que nos interesa resaltar, con relación a lo expuesto, es que los "habitus" y prácticas de los habitantes de terrenos ocupados -sumadas a sus historias residenciales y laborales- nos remiten a identidades múltiples y fragmentadas, que ponen en cuestión la pretendida homogeneidad que se les imputa a estos sectores desde las miradas prevalecientes del sentido común.

Paralelamente, la práctica de ocupar compromete al sujeto directamente. Marcado por la herida narcisista por la ruptura del lazo social, se proyecta en la búsqueda del placer que le da la ilusión de que al lograr la "vivienda propia" resuelva su integración social.

Como punto de partida para el análisis de las identidades de un grupo social, es necesario no deducir las identidades de las condiciones materiales de vida sino partir de los modos en que esta identidad es simbólicamente representada, dentro de esta lucha por el reconocimiento social.

Además se impone un análisis genealógico de la producción de esta modalidad instituyente, a los efectos de ayudar a dar cuenta de una realidad social cuyas prácticas implican la creación de nuevas formas de subjetividad y que, a su vez, promueve una prácticas sociales diferentes cuyos resultados desconocemos.


Montevideo, agosto del 2000.